El estrecho margen de acción de Alberto

¿Cuál será el consenso interno que tendrán las medidas económicas de ajuste que prepara la Casa Rosada para negociar con el Fondo Monetario Internacional en espacios como La Cámpora o el cristinismo más acérrimo? ¿Cómo hará el Presidente para dar señales de certidumbre a los empresarios, si muchos de ellos consideran que las decisiones más polémicas no son tomadas por él? ¿De qué manera podría ser Alberto Fernández un Presidente con poder y flexibilidad para gobernar, si muchos de sus funcionarios ni siquiera le responden directamente? ¿Cómo hará el jefe de Estado para imponer una agenda legislativa, si dentro de sus propios bloques no tiene diputados y senadores de su entera confianza? La carta pública que envió esta semana Cristina Kirchner por el aniversario de Néstor, en la que asegura que el único que conduce el Gobierno es Alberto Fernández, dejó más preguntas que respuestas en el ámbito político y económico de la Argentina. 
El Presidente interpretó públicamente que las declaraciones de su vicepresidenta lo empoderaban ante los ojos de la opinión pública y que representaban un claro respaldo a su gestión. Sin embargo, El Tribuno pudo saber de dos fuentes oficiales que la misiva generó preocupación por las críticas al Gabinete y también por un eventual despegue de Cristina de cara a las elecciones del año que viene.
Da la sensación que la exjefa de Estado advierte que la crisis económica y social que atraviesa la Argentina, sumado al mal manejo de la situación sanitaria, puede llegar a profundizarse en los próximos meses y poner en riesgo una victoria del oficialismo, que le daría todavía más poder en el Congreso nacional. Por ese motivo, se descuenta en el Instituto Patria que el armado de las listas lo volverá a hacer Cristina y que habría muy pocos espacios reservados para allegados a Alberto Fernández, en un claro gesto de cara a las presidenciales de 2023, donde Máximo Kirchner o Axel Kicillof serían los candidatos más posibles a la presidencia. El mensaje político, más allá del contenido de la carta, volvería a ser unívoco: la que manda es Cristina y eso no tiene discusión. 
Cuando la expresidenta habló de “funcionarios o funcionarias que no funcionan” no sólo les está pegando a ellos, a quienes no nombró, sino sobre todo a Alberto, quien dos días antes había destacado el trabajo de todos sus ministros y secretarios de Estado. ¿Un nuevo contrapunto entre la fórmula presidencial? Todo hace parecer eso. El disconformismo de Cristina con el jefe de Gabinete Santiago Cafiero, con la ministra de Vivienda María Eugenia Bielsa, con el de Trabajo Claudio Moroni, con el presidente del Banco Central Miguel Pesce, con el ministro de Producción Matías Kulfas y con el de Turismo Matías Lammens son de público conocimiento. Negar, como intentó hacer el Presidente, que Cristina estaba hablando de funcionarios de su Gobierno es lisa y llanamente una ingenuidad muy extraña en un dirigente de la experiencia de Fernández. Si la intención de Cristina hubiese sido la de respaldar al Presidente para ayudarlo a fortalecer su autoridad, ¿por qué no lo acompaña en casi ningún acto ni se expresa en respaldo explícito a ninguna de las medidas del Gobierno? Está claro que la líder del Frente de Todos ya puso en marcha silenciosamente el proyecto de sucesión presidencial, y que Alberto Fernández no formaría parte de esos planes. En una fuerza política donde se busca la unidad, las diferencias internas son saldadas puertas adentro y luego todos salen a respaldar lo decidido. En el Frente de Todos, particularmente en el cristinismo, la situación parece ser diametralmente al revés. Se observa una dispersión mediática de los actores muy evidente y muy dañina hacia la figura presidencial. En diálogo con El Tribuno, un alto colaborador del Presidente aseguró ayer que no les preocupa que personas que Juan Grabois, Hebe de Bonafini o Sergio Berni cuestionen las políticas del Gobierno nacional, “lo que nos importa es que Cristina nos banca, en silencio muchas veces, pero nos banca”

La economía

En medio de tanto ruido político, la economía tuvo esta semana una brisa de aire fresco tras la abrupta caída en el precio del dólar paralelo, que se redujo $26 en sólo siete días. No hay dudas que la divisa a $195 era un verdadero despropósito, pero lo que genera cierta alarma ahora es cómo hará el Gobierno para mantener esta paz cambiaria en los próximos meses. Consultado por este diario, un prestigioso economista de la city porteña que pidió reserva de su identidad sostuvo que “mientras no hayan cambios de fondo que regeneren la confianza en el país, cualquier mejora cambiaria será pasajera”. La venta de bonos atados al dólar oficial provocó que mucha gente que iría directo al dólar blue haya adquirido esa herramienta financiera, que tienta a los inversores con el fantasma de una eventual devaluación en el corto plazo. La medida es efectiva para contener a la divisa ilegal, pero un retoque del tipo de cambio oficial podría representarle al país un enorme costo financiero, además de una espiral inflacionaria y una crisis social.
 

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