Laberintos Humanos: La lectora

Justo en esos días en los que junto al comisario Pierro, Solón, Blanca y Aurelia mirábamos la serie televisiva que los tenía como protagonistas, Pierre Donadou Quispe pasó a buscarme por casa porque había conocido a alguien que me podía interesar. Tontamente, en vez de preguntarle quién era, le pregunté cómo se llamaba, y Pierre alzó los hombros.

No lo sé, me dijo preocupado porque acaso debiera saberlo, y agregó que la vio sentada en la plaza, con la mirada perdida en algo así como la imaginación o algún recuerdo, y en el acto supe que era una de nuestras lectoras. Yo no pude sino reírme, y Pierre me dijo que lo sé, suena delirante el asunto.

Entonces me preguntó si no me daba cuenta cuando alguien me miraba. A mi, me dijo, me pasa y en seguida me doy vuelta para descubrir al curioso. Lo mismo me pasó con esta señora, en cuanto la vi sentada en la plaza, sin que recordara haberla visto nunca antes, supe que leía los Laberintos.

Le pregunté si era bonita porque conocía la fama seductora de Pierre, y me respondió que era más de mi gusto que del suyo. Me mentía, porque le he conocido romances demasiado diferentes como para marcar una tendencia, era de aquellos que consideraban descortés despreciar una posibilidad de amor, o hasta dejar de buscarla.

Como sea, me intrigó conocer a una lectora, o al menos conocer a alguien que para Pierre Donadou Quispe era sin duda una lectora nuestra, así que cerré la casa, fuimos hasta la ruta e invertí los treinta pesos de un remis compartido en saciar la curiosidad.

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