Jujuy, apuntes sobre su autonomía política

Por JOAQUÍN CARRILLO GRAZ Y MIGUEL CARRILLO BASCARY

En noviembre de 1834 Jujuy se constituyó como provincia. La conmemoración por supuesto que no extraña a los jujeños, pero sí al resto de los argentinos, acostumbrados a considerar que todas las provincias surgieron más o menos al unísono; lo que demuestra cuán desconocida es la historia nacional.

Se ignora que Jujuy fue una de las más difíciles fundaciones de la Conquista. Se olvida que en su crecimiento fue opulenta intermediaria entre ambos virreinatos, riquezas echadas en la hoguera que consumió el hierro de las cadenas españolas. No se sabe que Belgrano dedicó a esa pequeña ciudad norteña todo el cariño de un padre; que destacó a sus vecinos entre los mejores soldados de su ejército; ni que buscó entre ellos a sus más íntimos colaboradores. No todos los argentinos recuerdan; más aún, algunos discuten que en Jujuy se juró y bendijo la Bandera que flameó por primera vez en las barrancas del Paraná. Muchos aún miran con extrañeza a la Bandera Nacional de la Libertad Civil, cuarto símbolo nacional; emblema del Estado de Derecho y casi todos ignoran que este glorioso lábaro fue preservado por los jujeños a lo largo de dos siglos.

La historia de Jujuy tiene períodos notables que necesitan perpetuarse en la memoria de las futuras generaciones. No es una provincia grande, ni rica. Nunca aspiró a un poder político desmedido. Hoy es un pueblo autónomo; aliado a sus hermanos en una federación cimentada sobre sacrificios y tradiciones comunes; que reivindica con orgullo sus raíces telúricas ancestrales.

Jujuy formó una jurisdicción municipal sujeta a la Gobernación del Tucumán. Más tarde quedó inscripto con otros pueblos en la Intendencia de Salta. En esta asociación política despertó a la Revolución y sostuvo la guerra por la emancipación, a costa de sangre, sacrificios sin cuenta y cruda desolación.

Conocida la deposición del virrey Cisneros, Jujuy adhirió entusiasta al ideario de Mayo y envió su diputación a Buenos Aires. En aquellas complicaciones revolucionarias el despotismo hizo frecuentes avances. Ahí comenzó a sufrir Jujuy, como también les ocurrió a otras provincias, a las que se desconoció derechos de los que gozaban, aún bajo el dominio colonial. A pesar de estos conflictos, la revolución se hizo, impulsada por todo el poder de las grandes ideas.

El 25 de mayo de 1812, el pueblo de Jujuy aclamó y juró la bandera de Belgrano, que bendijo en la ocasión el canónigo Gorriti.

Días después, Belgrano exigió cumplir ese juramento cuando ordenó abandonar y devastar el territorio jujeño para dificultar el avance de las huestes realistas. Aquella sociedad mártir encaró los preparativos con dolor y lágrimas, marchando al Éxodo, una gesta de la civilidad que no se le exigió a ningún otro pueblo de la Patria. De aquella decisión los argentinos de hoy tendríamos que tomar ejemplo en nuestra historia presente. Entonces se perdieron fortunas; archivos; bienes culturales; recuerdos y hasta la vida de muchos de sus vecinos. Tras las victorias de Tucumán y Salta, los jujeños regresaron, raleados, a sus destruidos hogares. Como el bronce, el frío del sacrificio patriótico condensa en lágrimas.

El comercio de Jujuy llenó repetidas veces las arcas de los ejércitos en el Norte; las estancias se vaciaron de ganados y caballadas; sus vecinos engrosaron las filas patriotas y el paisanaje integró las partidas de Güemes, aunque la historia escolar las hace formadas exclusivamente por gauchos salteños. En 9 oportunidades el suelo jujeño fue invadido y la ciudad saqueada varias veces por las armas españolas.

El 9 de julio de 1816, cumpliendo las instrucciones recibidas tres meses antes del cabildo de Jujuy, Teodoro Sánchez de Bustamante refrendó la declaración de la independencia nacional. En aquel histórico congreso reclamó la igualdad de derechos, la libertad y la soberanía natural de su pueblo.

El aciago año de 1820 y los posteriores plantearon el afán autonómico de Jujuy, ante la abierta oposición de un gobernador Güemes, que con mano de hierro buscó prolongar la influencia salteña. En aquellos años de lucha Jujuy se desangró en sus hijos; la anarquía zamarreó sus instituciones y hasta tuvo que sacudir el yugo de autoridades foráneas impuestas a la sombra de las armas.

En 1826, enfrentada nuestra Nación con el poderoso Brasil, Jujuy mandó a batallar sus milicias en defensa de la Patria. A las órdenes de José María Paz, contribuyendo decisivamente al triunfo en Ituzaingó.

El proceso autonómico de Jujuy pareció eclosionar el 18 de noviembre de 1834, cuando reunidos los jujeños al toque de campana, en Cabildo abierto fueron interrogados en los términos siguientes: ¿Juráis libre y espontáneamente a Dios Nuestro Señor, por la señal de la Cruz, de sostener y defender con vuestra fortuna y vuestra vida la independencia política de esta ciudad, su territorio y campaña y su separación de la capital de Salta? Una sola voz se alzó en afirmación desde las entrañas de los presentes, con lo que se consagró desde entonces que esa "era su voluntad, decidir por su suerte y arreglar los destinos de la nueva provincia".

Por oficio del día 30 de ese mes, el flamante gobernador de Jujuy informó, orgullosa pero pacíficamente a Salta: "El pueblo jujeño quiere ser libre e independiente [...]; el reconocimiento de la independencia es una necesidad para la provincia de Salta y voto ardiente del último jujeño". Conocida la noticia, en sesión del 2 de diciembre de 1834, la Legislatura salteña se vio impelida a reconocer la autonomía proclamada. Su gobernador desconoció la medida y con su acto abrió nuevos cauces por los que corrió sangre de hermanos. El enfrentamiento final se dio el 13 de diciembre de 1834. La decisión jujeña, sostenida con armas, que no quisieron empuñar, obtuvo una victoria definitiva. Desde ese día Jujuy fue libre, autónoma y única responsable de sus destinos.

(Esta colaboración se compuso tomando párrafos de la obra de Joaquín Carrillo Graz, "Jujuy, provincia federal argentina. Apuntes para su historia civil" (1877), que su descendiente, Miguel Carrillo Bascary, interlineó con aportes propios).

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