"Mi alma a Dios y mi corazón a la lucha feminista"

Por VILMA CHAYLE Instituto Lebensohn de Catamarca.

Soy católica y tal vez a muchos y muchas les moleste mi posición, pero hoy tuve la necesidad de hablar de contarles a tantos y tantas amigas por qué estoy defendiendo una ley.

Fue difícil deconstruir años de creencia ferviente en la institucionalidad y el verdadero amor a Dios. Creo que somos una parte de la iglesia oculta, una parte negada y hoy cuestionada por muchos. Pero aquí estoy, amando a Dios sobre todas las cosas, creyendo en Él, no usando Su nombre en vano, y sobre todo, sigo temerosa.

Y ahí el gran punto y doloroso a deconstruir: "La culpa", esa culpa que te acompaña desde tu bautismo hasta tu muerte.

En este camino difícil que emprendí de mucha literatura, de mucha formación, siempre llego a la misma conclusión: las cosas no pasan por "Algo" sino porque Dios Quiere.

En este camino entendí que la culpa que juzga lejos está de ese amor que Jesús nos trajo y nos enseñó. ¿Se acuerdan? "Un mandamiento nuevo nos trae El señor, que nos amemos todos".

Pero ahí la culpa y el juzgar nos atrapa y muchas veces nos encierra con cadenas de dolor interno.

Yo entendí que mi Amor por Dios es Amar al otro sin juzgar, acompañando, siendo empático, sincero (Hasta un buen samaritano).

Yo tuve una historia personal que me marcó mi vida. A mis 5 años tome ácido sulfúrico, al instante el diagnóstico fatal. Mi mamá y toda mi familia hizo promesas. Pasé ese trance sin secuelas. Para mí y toda mi familia fue un milagro. Eso me llevó siempre a estar al lado de Dios y la Iglesia. También tuve la oportunidad de conocer en mi adolescencia y niñez un cura que fue el que acrecentó mi fe, aportando más literatura, mostrándome un Dios mucho más abierto que las reglas que impone la Iglesia.

Tanto pasó en mi deconstrucción que en mi cabeza siempre da vueltas: ¿qué querrá Dios de vos, que te dio la oportunidad de seguir viviendo? Veo a diario la necesidad, veo a diario la vulneración. Quién podría juzgar mi accionar, si no hago otra cosa que brindar amor por mi otra, la que me necesita. Hoy mi lucha es por el aborto legal.

Mi lucha es acompañar amorosamente sin juzgar; acompañar a mis hermanas, a quienes la misma Iglesia lastimó. Mi fe sigue intacta y mi lucha me fortalece. Puedo mirar a los ojos a las personas. Se puede amar a Dios y luchar.

Leí a San Agustín y él tan claro lo dice: que el aborto no era un homicidio en las primeras etapas del embarazo ya que consideraban que la persona como tal comienza en algún momento después de que el embrión ha empezado a crecer.

Para Santo Tomás, como el cuerpo y el alma se unen para formar un ser humano, no puede haber un alma humana en algo menos que en un cuerpo completamente humano.

Fuerte el pensamiento de este doctor de la Iglesia católica.

Pero yo, humana como soy, digo ¿quién soy yo para juzgar el accionar de mi otra?

Es hora de que las católicas rompamos nuestras cadenas y digamos que nuestra Fe sigue intacta.

Mi lucha no ofende a nadie, solo abraza y acompaña. Se puede ser católica, se puede no sentir culpa, se puede ser libre. Yo elijo estar del lado de ellas, lejos de hipocresía. Mi alma a Dios. Y mi corazón a la lucha feminista.

 

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