Laberintos Humanos: Chamuyo

Perla leyó en estos Laberintos que era bella pero distante, y le llamó la atención lo primero. Al comienzo no lo creyó, se dijo que será chamuyo de Dubin, que no me conocía sino por la firma de esta columna, pero se lo quedó pensando después de almorzar, mientras levantaba las migas del mantel.

Hay veces que uno no piensa con palabras sino con imágenes vagas, algo así como ensueños, y ese era el caso, que se subrayaba con una sonrisa de placer. A sus años, que no eran tantos aunque ya había vivido bastante, nadie se lo había dicho. Pensó que le hubiera hecho muy bien escucharlo de mocita, cuando más que ahora creería que no era cierto.

Las palabras de los otros nos marcan con una fuerza que somos incapaces de sopesar. Tanto las palabras lindas como los desprecios, y como este era del primer grupo salió a la calle muy orgullosa de sí misma, dispuesta a hacer algunas compras pendientes en el almacén del barrio. Y lo primero que sintió en la calle fue la mirada de un hombre.

Nunca antes lo había sentido, y se dijo que acaso la miraran siempre pero ahora, por culpa de las palabras que leyó en los Laberintos, reparaba en esa mirada. Le gustó y caminó como quien no lo nota, pero al entrar al almacén supo que no todo eran sensaciones interiores: el dueño, que era casado, bajó el tono de voz para decirle que se la veía cambiada.

Y para bien, doña Perla, agregó. ¿Se me nota mucho?, preguntó arreglándose el pelo con las mismas manos con que terminaba de alisarse la falda, y le sonrió aunque ese hombre no le interesara.

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