Vivía en paz

Cuando Perla leyó en estos Laberintos que yo dije que era bella, hubo algo en ella que ya fue distinto. Sintió que los hombres la miraban por la calle, y escuchó que el almacenero, que era un hombre casado y no le interesaba, le decía que estaba cambiada y era un cambio para bien. ¿Se me nota?, le preguntó Perla.

Luego iba a comprender que él no podía saber qué era lo que se le notaba, pero algo entendió, aunque equivocado, porque se le puso a murmurar sugerencias eróticas que se interrumpieron abruptamente cuando su esposa apareció desde la trastienda. Aquello no sería digno de ser contado, de no ser porque el almacenero fue el primero en querer conquistarla.

Nunca nada fue igual, nos dijo Perla en el comedor de la casa de Blanca y el comisario Pierro. Ya a mis cuarenta me había resignado a no ser apetecida, o no notarlo, y les puedo asegurar que vivía en paz. Al menos vivía tranquila, pero desde que Dubin hizo ese comentario en sus Laberintos, me llovían mensajes, me llamaban incluso y hasta golpeaban a mi puerta.

Creo que no sólo por ser bella, como fue que dijo, sino por eso otro que agregó: bella pero distante, porque aprendí que a los hombres no sólo los atrae la belleza sino la competencia. Saberme linda era algo como para mirarme, saberme difícil era un desafío al que pocos podían escapar.

Por una parte se lo agradezco, agregó tomándome de las manos, pero la verdad es que hay que cargar con este estigma. Quién sabe si no quisiera volver a ser la de antes, pero bueno, dijo, qué se le va a hacer.

 

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