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El refugio (en aislamiento)

Jueves, 31 de diciembre de 2020 13:23

Hace un tiempo, publiqué en una revista virtual un breve texto que hablaba de mi biblioteca y del orden absurdo que la compone. Siempre fui una lectora ecléctica, desordenada, y la carrera de Letras no logró alterar mis hábitos y curiosidades.

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Hace un tiempo, publiqué en una revista virtual un breve texto que hablaba de mi biblioteca y del orden absurdo que la compone. Siempre fui una lectora ecléctica, desordenada, y la carrera de Letras no logró alterar mis hábitos y curiosidades.

Durante los períodos de clases, solía esperar con avidez la vacaciones para volver a mi libertad de lectora irreverente. En verano leía el doble que durante los meses de estudio y de trabajo pues el tiempo se estiraba como chicle.

La pandemia, al principio, vino a instalarse como una suerte de tiempo entre paréntesis que para quienes vivimos del oficio de leer y escribir se parecía un poco a una de esas becas en las que te vas lejos de todo para trabajar sin distracciones. El paso del tiempo marcó una diferencia grande y peligrosa: ya no se podría regresar de esa suerte de encierro conventual al terminar la labor.

La cuarentena nos arrebató varios aspectos vitales: los abrazos, los viajes, el teatro que en sí mismo ya es abrazo y es viaje; entonces puede parecer árido consuelo decir que la lectura ha sido mi refugio principal en este año. Sin embargo, si nos desprendernos de aquel viejo y empobrecedor prejuicio del res non verba, sabremos que las palabras son acciones y el refugio de la literatura es un hacer poderoso. Un hacer y un hacerse que vuelve los días una película de super acción.

Al releer algunas de las notas de viajes que solía compartir en el muro del Facebook, no hallo demasiada diferencia en el estímulo, en las sensaciones físicas y en las alteraciones del ánimo que provoca en mí un buen libro.

Puedo decir que durante esta cuarentena recorrí los ríos del litoral con Selva Almada, respiré aromas imposibles con Odorama de Federico Kukso, temblé de "terror y de piedad" con los relatos de Tabucchi y los textos poéticos y narrativos de Camila Sosa Villada, me hundí con ella y resucité. Porque cuando se lee, ocurre que las emociones te sacuden y las imágenes te envuelven como imagino habrán envuelto al personaje de "El milagro secreto" de Borges: poco importa si hay un pelotón de fusilamiento allá afuera, tu interior se vuelve tan vacilante y aventurero como si te sacudieras en un tren que viaja hacia lo desconocido. Descendí hasta lo más bajo y volé, estuve en el medio de una tormenta sin guarecerme y experimenté otras vidas.

El lenguaje se convierte en un conjuro sagrado y luminoso que te desnuda de los aspectos convencionales de tu vida y percibís el dolor del mundo y su maravilla. Nada de lo que te rodea resulta ya demasiado complicado o banal.

Allí laten los libros en la biblioteca, me observan, esperan que pase los ojos y los dedos por la estantería y los elija con el suave temblor de la viajera que saca su pasaje de ida.

 

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