Lástima

La multipremiada locutora profesional María Elizabeth Vernaci, estrella de la radiofonía porteña, se despachó ayer por la mañana en la emisora donde trabaja, en un supuesto diálogo con su operador quien regresaba de vacaciones en Jujuy. En esta página, como en todo el país, rebotaron sus manifestaciones por lo que me ahorran la repulsión de tener que repetirlas. Casi caigo en la tentación de usar este espacio del que dispongo en nuestro diario para desgranar una serie de insultos acordes al agravio que la locutora -quiero creer que intentando hacerse la cómica- nos propinó a los jujeños y a los bolivianos.

El “chiste” sirvió para muchas cosas: para mostrar las reacciones de muchísima gente dolida y enojada; para renovar nuestro orgullo de ser argentinos hasta la médula y buenos vecinos de los hermanos bolivianos; para reavivar el honor de compartir con ellos una porción de suelo latinoamericano, y nuestra geografía, nuestra historia, nuestros dioses lares, nuestro amor y respeto por la naturaleza. También, para comprobar que siendo como somos y viviendo donde vivimos, podemos ser mejores que otros, porque nos paramos sobre la tierra para mirarnos hacia adentro y no nos ponemos en puntas de pie sobre el agua para intentar vanamente mirar por sobre el mar, alimentando las veleidades de creernos los europeos de América Latina. Y, finalmente, el episodio Vernaci nos sirve para entender que tener una hermosa voz, no es garantía ni de sensatez, ni de sabiduría, ni de conocimientos. Ni siquiera de sentido común. La multipremiada locutora seguirá recibiendo premios de sus pares. Porque seguirá siendo dueña de una bella voz. Y parece que nada más. Lástima Vernaci.

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