Alegría en el desentierro de Cerro Negro en Maimará

Los pliegues de los cerros guardan resquicios mágicos como aquel que ocupa la comparsa Cerro Negro para que salgan sus diablitos, y así iniciar el Carnaval. Desentierran la alegría el domingo de Carnaval Grande y, año a año, va creciendo la fama y la concurrencia de aquel anfiteatro natural al que descienden sus faldeos arcillosos.

Cerro Negro nació en 1959 en la localidad de Maimará. El sitio se ubica cerca del acceso norte, cruzando la ruta, entre el Cementerio y el Mojón, y aunque la cita ayer era para las 16.30, ya una hora antes se esperaba el momento. Nadie quería quedarse donde no pudiera verlo: los más en el cuenco en que desagua el huayco para atravesar la ruta por abajo del asfalto, algunos sobre la misma ruta, muchos en los altos que lo rodean, trepando por el camino que lleva al Cristo o en los palcos que el agua y el viento fueron tallando.

Vecinos con sus sillas plegables, turistas con los pomos de espuma, cientos de celulares esperando registrar el momento y los disfrazados que cada tanto se asomaban a ese horizonte alto para ver la multitud que los esperaba, y la cosa vale por lo ritual, porque allí comienzan las nueve noches de la fiesta, pero también por espectáculo.

Si hiciera falta más que el tránsito lento por los tantos que buscaban algún lugar en la Quebrada para pasar el Carnaval, los presentes terminaron de cortar el tránsito cuando ya casi daba la hora, puntual como pocas cosas hay por estos lados. Acaso unos diez minutos después de lo pautado, un disfrazado, a contra sol, con la figura recortada por la luz del ocaso, alzó sus brazos y una whipala que se recibieron con aplausos, salvas de talco y espuma, gritos, y un par de bengalas coloridas y de estruendos. Tras él, decenas de diablitos con sus tridentes, sus cuernos y sus capas, flameando las colas y brincando, empezaron a recorrer el filo alto del cerro, descendiendo, para quedarse a bailar en lo alto. El sol, poniéndose tras sus cuerpos, y algo más allá otros cerros. Conociendo o no el ritual que se celebraba, nadie podía ignorar que se trataba de algo trascendente.

Desde entonces se da rienda suelta a la alegría, y la fiesta goza de la protección del mojón chayado. Todo un año, dicen, aguarda el diablito bajo sus piedras para aflorar como la chacra, para Cerro Negro en domingo de Carnaval Grande, y entonces los disfrazados tienen permiso de mezclarse entre la gente, incitando a bailar, y se cuelan bajo la ruta, por el paso del agua, rumbo a Maimará, donde comenzarán a sucederse las invitaciones.

Se dice que, a riesgo de que el Diablo lo persiga a uno todo el año, debe presenciarse el entierro, el próximo domingo, el de Tentación, si es que se vivió el desentierro. Se sabe que, todas estas noches, se los verá recorriendo las calles del pueblo, precediendo a los músicos, con su voz de falsete. Se sabe que el cerro y la cultura de su gente traman, en estos sitios de inmensa belleza, momentos que son dignos de vivirse.

 

 

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