El patio

La abuela le sirvió a Pierre Donadou Quispe un té y puso galletitas dulces en un plato para seguirle contando esos recuerdos infantiles de cuando su madre los llevaba al campo, el Miércoles de Cenizas, para cazar lagartijas, los últimos diablitos sueltos que quedaban tras el Carnaval.

Entonces le habló de un romance que tuvo cuando moza, de un joven labrador que se erguía más cuando pasaba, azada al hombro, por la puerta de su casa. En la sonrisa de sus ojos, Pierre pudo adivinar lo enamorada que estuvo de ese joven, y ella le contó que se supo espiada cuando lavaba la ropa en el arroyo.

Con picardía le contó que se alzaba la falda cuando entraba al agua, y que lo hacía para que el muchacho le viera los muslos, escondido como estaba tras un molle, hasta que una tarde será que ya no aguantó, se le acercó corriendo, la tomó por los hombros y le besó los labios. ¿Por qué hace esto?, recordaba la abuela que le preguntó, aunque lo sabía.

El joven no supo qué responderle, ignorando que no era necesario, y desde entonces fuimos algo así como novios, al menos hasta el Carnaval, dijo y su gesto se ensombreció de recuerdos. Fue en una noche de coplas en el patio de la casa de doña Viñas. Le lancé un contrapunto pícaro que me respondió con gracia, dijo, pero fue entonces que llegó la comparsa desde el campo.

Primero entraron las banderas blancas y, tras ellas, esas anatas que te vibraban en el cuerpo para hacerte brincar entre los erquenchos de los anfitriones, hace de esto harán sesenta años, hora más, hora menos.

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