Salamanca

La abuela le habló de aquel Carnaval en que una diablita de falda roja y antifaz le robara el novio, con quien se fue bailando a campo traviesa. En el baile, en el patio de tierra de la casa de doña Viñas, le vio patas de gallo estirando sus uñas entre las tiras de la abarca, pero él sólo parecía poder mirar los ojos de la moza y su sonrisa.

Así son los hombres, había dicho la abuela, y desde entonces, hace de eso sesenta años, vivo persiguiendo en las Cuaresmas a esa lagartija zorra que se me escapa, me mira con gesto de burla y se zambulle junto a la raíz del cedrón. Sé que es ella misma, estoy segura, dijo la abuela con los ojos inyectados por sus deseos de venganza.

Entonces me despedí, nos dijo Pierre Donadou Quispe, creyendo que la pobre abuela deliraba, pero cuando pasé por ese jardín del cedrón, escuché como un batir de cajas entremezclado con anatas y con erquenchos, pero muy suave, como si fuera cosa de diablitos diminutos, y me acerqué al arbusto, que era de donde provenía el barullo.

Miré el tajo en el suelo, por donde se había metido la lagartija, y para mi sorpresa vi esa salamanca en jolgorio. Había de todo allí, pero en medio de su fiesta estaban la diablita de falda roja y antifaz enflecado y, bailando tomándole las manos, el muchacho que no había podido envejecer.

Pensé en ir a decírselo a la abuela, pero ¿qué iba a hacer ella, ya vieja, con aquel que seguía siendo joven?, eché algo de tierra sobre la raja del suelo y me vine a contárselo a ustedes, amigos, para que tengan otra historia.

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