Día Internacional de la Mujer ¿fiesta o protesta?

Celebremos y protestemos. El 8, especialmente, pero todos los días también. Es justo, es necesario, es indispensable.

Al conmemorarse el Día Internacional de la Mujer, comienzan a dividirse las opiniones sobre si es una fecha para celebrar, protestar, hacer huelga o cualquier otra acción que pudiera surgir de las bases feministas. La disyuntiva de base es: ¿se trata de una fiesta multitudinaria o de una protesta masiva? Tomemos un poco de perspectiva. Sabemos que las mujeres somos un poco más de la mitad de la población mundial. Sabemos también que la igualdad real todavía está muy lejos de alcanzarse: vemos a diario violencias de todo tipo, ejercidas sobre mujeres de todas las edades, desde abortos selectivos en países como China, India y gran parte del mundo musulmán, hasta feminicidios y violaciones o desigualdad en las oportunidades para educarse, trabajar con un salario y que ese salario sea de 30% a 40% menos que el que reciben los hombres con igual o menores cualificaciones por iguales tareas, etc. Se hace evidente, entonces, que hay que protestar. Protestar privada y públicamente, protestar individual y colectivamente, en todos los ámbitos que haga falta, de todas las maneras que sea posible. Todos los días del año.

Pero el 8 de marzo, único día destinado a reflexionar sobre la situación de las mujeres, es la fecha ideal para salir a la calle y protestar públicamente para llamar la atención de la sociedad sobre nuestras desigualdades. Es legítimo protestar para reclamar justicia. No sólo es legítimo protestar sino que es indispensable hacerlo para que se logre una voluntad popular que luego se convierta en voluntad política, para que esa voluntad política resulte en la sanción de leyes que nos permitan avanzar. Es igualmente indispensable que se asegure que las leyes ya existentes se den a conocer y a obedecer en todos los ámbitos del quehacer humano. Este 8 de marzo y todos los días que podamos, protestemos.

También sabemos que la lucha por los derechos de las mujeres no comenzó con esta emocionante generación de la marea verde. En absoluto. Las mujeres que han luchado individual o colectivamente han existido siempre. Sus esfuerzos han sido tan invisibilizados por la historiografía oficial que se ha llegado a dudar incluso de la existencia de algunas de nuestras antecesoras en el empoderamiento de las mujeres o de sus aportes mismos. Cada contribución de esas mujeres conforma una valiosa cadena de progresos que ha hecho posible el surgimiento de esta nueva generación de feministas, llenas de fuerzas y esperanzas, con grandes aciertos y seguramente algunos errores, como todo movimiento humano. Desde la antigüedad, llegan ecos de los esfuerzos de las mujeres, como Lisístrata, quien protagoniza una huelga sexual por el fin de la guerra (siglo V antes de Cristo) o Hipatia de Alejandría, filósofa y matemática del siglo III DC, o las matronas romanas, primer antecedente de huelga de mujeres. Luego, vendrían las francesas, pioneras en el acceso de las mujeres a la cultura en sus salones aristocráticos y lideresas de la Revolución Francesa.

Hubo numerosas reivindicaciones y huelgas protagonizadas por las mujeres como las de las camiseras de Nueva York, en 1906 (un año de huelga) o el famoso Día Libre de las mujeres en Islandia en 1975, entre otras muchas, muchísimas. No olvidemos, por supuesto, que una de las huelgas textiles de mujeres más conocidas fue la ‘de pan y rosas‘ en 1912. Las obreras de Lawrence (Massachusetts, Estados Unidos), pedían “pan”, pero también “rosas”, como símbolo de una vida digna. A nivel individual, por citar unas poquísimas: Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, Aleksandra Kolontái, Simone de Beauvoir, Flora Tristán, etc. Colectivamente, recordemos a las sufragistas norteamericanas o británicas, las republicanas españolas, las artistas mujeres de todos los tiempos o, más recientemente, las feministas francesas del maravilloso mayo del 68 y el Partido Feminista Español, fundado en los últimos años de una dictadura franquista de corte salvajemente misógino. También en Latinoamérica, las luchas colectivas se combinan y potencian por los empoderamientos individuales como el ejemplo de la indígena y chamana Prudencia Ayala, quien, en 1930, lanzó su candidatura a la Presidencia de El Salvador o la de Matilde Hidalgo quien en 1929 ejerció el derecho a voto en Ecuador, la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú y, naturalmente, las luchas de miles de artistas como la mexicana Frida Kahlo o la chilena Violeta Parra.

La lista es interminable. En el planeta, no se organizarían las manifestaciones multitudinarias del 8 de marzo y de otros días señalados como de lucha para las mujeres sin esas antecesoras. En nuestro país, sobresalen ejemplos de pioneras como Julieta Lantieri, la femianarquista América Scarfó, Alicia Moreau de Justo y más recientemente, Eva Perón y sus miembros de la Rama Femenina, generación que continuó y culminó la lucha por el sufragio, maravillosa generación de mujeres que enseñó a votar a las argentinas y las empoderó políticamente. Es justo, entonces, celebrar. No solamente es un acto de estricta justicia que debemos a mujeres que, porque usted y yo disfrutemos de cada vez más derechos, arriesgaron (y, a veces, a perdieron) la vida, la libertad, su carrera o su familia. Seamos conscientes de los avances logrados a base de esfuerzos individuales y colectivos de las mujeres a través de la historia y celebremos. Seamos justas y amorosas con nuestras antecesoras y celebremos. Seamos justas y amorosas con las que desde hace siglos y décadas vienen luchando para que hoy, joven feminista, hayas recibido esa formación que te lleva a la calle a protestar por tus derechos. Celebremos. Y protestemos. El 8, especialmente, pero todos los días también. Es justo, es necesario, es indispensable.

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