Memorias de Malvinas, la vida de un jujeño

Corre el mes de abril y se entrecruzan los recuerdos malvineros, en este caso en el relato de Martín Ignacio Gutiérrez, que hoy vive con su madre en el barrio maimareño de Sumay Pacha. Nos dice que "nací en 1965 en la comunidad aborigen de Ovara, en el departamento de Humahuaca, y en 1982 estaba en la Escuela de Suboficiales de Campo de Mayo "General Lemos". Era estudiante para intendencia, el servicio de apoyo de combate". Nos cuenta que "allá por el año setenta mi madre era trabajadora golondrina en la caña, en el tabaco, y una tía me llevó al barrio de Floresta, en Buenos Aires. Allí me crié con chicos judíos, turcos, españoles, italianos, y estuve hasta el año 76, guardo buenos recuerdos. Mi madre se vino con mi tía y nos fuimos a la Villa 11/14, y terminé la primaria en una escuela de Flores.

Ahí fue algo triste, mucha discriminación que por suerte superé". Recuerda buenos maestros que ocuparon el lugar vacío de su padre, y nos dice que "gané un concurso de literatura, por lo que entré a la sala de periodismo del colegio. Hacíamos notas con cosas escolares, y esos maestros me marcaron toda la vida. Ya trabajaba vendiendo churros porque tenía que ayudar a mi vieja, y en el 79 los militares erradicaron la villa, nos mandaron a Monte Grande. Estudiaba a la noche, y en el 81 ya estaba cansado de vivir en una casa pequeña, todos amontonados, y tuve la idea de meterme en el Ejército".

Nos cuenta que "era medio rebelde, me peleaba con todos y quise dejar, pero el sargento Flores me dice que no, sos el mejor elemento que tenemos, y me quedé. Recuerdo que volvimos de licencia en febrero del 82 y no nos dejaron salir más. Yo tenía 17 años, y parecía que nos estábamos yendo a Vietnam. Nos hacían ver Apocalipsis Now dos veces al día, nos entrenaban con balas de verdad, y en abril me dicen, usted es cabo. Juramos la bandera, y nos dicen que vamos a reemplazar a la gente que va a la guerra".

Relata que "no pude ni avisarle a mi vieja. Nos llevan al Palomar y a las dos de la mañana salimos para Comodoro Rivadavia, mi destino era el Hospital Militar. Llegamos el 9 de abril, y el 10 nos dieron ropa de trabajo, fusil de paracaidista nuevo, casco, y nos movilizaron a las Malvinas. Preparamos todo para hacer el hospital de campaña en Puerto Argentino, pero nos mandan a lo que era una colonia de vacaciones de los niños de las islas, y ahí lo armamos en 48 horas".

Dice que "los soldados eran todos más grandes que yo, y puse lo mejor de mí. Para ser sincero, me sirvió lo que había aprendido en el Ejército. El primer mes fue todo muy tranquilo y era para lo que me había preparado, lo que se llama intendencia, y recién a fin de abril pude hablar con mi vieja para decirle que estaba en Malvinas. Ella no lo podía creer. Cuando llegó el 1 de mayo nos dimos cuenta donde realmente estábamos".

Nos cuenta que "en el hospital se ve todo lo que no se ve en el frente, allá disparás, vivís o morís, pero en el hospital se ve la muerte en primera persona. Nunca me voy a olvidar haber visto la sangre que corría por todos lados. Mi trabajo era lo que le dicen ahora: el triage, y llevábamos a los finados a una morgue que había en una carpa. Mi historia no es de tiros, es de levantar muertos, heridos".

Reflexiona que "ahora se dice que la pandemia nos desnuda como seres humanos. Yo ahí vi los miedos, vi llorar como un chico al que me instruyó, una persona que se preparó toda la vida para estar en una guerra. Yo hacía todo mecánico, ni lo pensaba, ni miraba, hasta que una vez levanté la vista y vi que el muerto había sido un compañero mío que había cumplido 18 años en las islas. Un amigo me gritaba: Es el Oscar!, y yo no podía ni reconocerlo. Y como nos empezamos a sensibilizar, ya no servís ahí y nos sacaron".

Relata que "antes que llegaran los ingleses me pasaron a algo que era así como una terapia intermedia, donde me dedicaba a la parte logística. Recuerdo una vez que estaban bombardeando y teníamos que hacer evacuación, llevamos a todos los enfermos. Mi mamá me había mandado unas zapatillas de marca, negras, y me fui corriendo a buscarlas porque nunca había tenido unas así. Cuando me doy vuelta, la casa se vino abajo, viene el sargento y me pega una cachetada, me dijo de todo por inconsciente. Después igual perdí mis zapatillas".

Entonces es cuando "llegan los ingleses. Me pusieron de guardia, y veo venir a un soldado de raza negra que me habla en castellano. Era panameño, y me dice: "Te felicito, estás peleando por tu Bandera, yo estoy peleando por mi plata". Me dice: "Te felicito porque vos no te escondés como otros que se sacan las tiras para parecer soldados y no les hagamos nada", y me dio un pañuelo con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Otros se fueron a una pieza a emborracharse porque decían que los iban a matar". Resalta que "son cosas que viví, era un adolescente. Llegaron los ingleses con mochilas enormes, nos felicitan por el hospital que habíamos armado, y nos llevan a un galpón donde estaba todo lo que nos mandaban de acá, comida, chocolates, ropa. Como no queríamos que les quedara nada, nos pusimos a jugar con los fideos como si fueran espadas, abríamos las latas de dulce de batata y las tirábamos, hasta que nos llevan al Camberra. Nos meten a una bodega con cañitos arriba. Muchos creían que nos iban a tirar gas, pero de repente empieza a salir agua para que nos bañemos".

Dice que "estuvimos tres días boca abajo, si te levantabas te daban un culatazo, nos hacían dar vuelta en cubierta al grito de animales argentinos, caminen. Hasta que el 19 de junio llegamos a Puerto Madryn, donde nos recibieron maravillosamente aunque el Ejército no quería que nos vieran. La gente nos daba pan. Nos mandaron cada uno a su unidad, a mi a Comodoro, donde nos hacen firmar que no le vamos a contar a nadie lo que vivimos".

Tras el vuelo a Buenos Aires "tomo el 54 para ir a Monte Grande. Dos horas y media, llego a las 4 y mi vieja por irse a laburar. Me mira y me dice que sabía que iba a volver porque rezó por mí, pero tenía que irse a trabajar, y se va. En el 84 pedí la baja, no era lo que quería para mí, vi cosas que nunca me terminaron de cerrar en el Ejército, cosa que no voy a contar. Lo que puedo decir es que nos decían que por inútiles como nosotros se perdió la guerra, y es algo que no pude soportar".

Siguió trabajando, mucho tiempo en el rubro textil, terminó los estudios secundarios, tuvo una hija que ya es médica. "No le contaba nada a nadie, hasta que alguna vez no aguanté más. Pensaba que a mis amigos no les debía interesar lo que viví. ¿A quién le podía importar si yo perdí la guerra?, pensaba. A los 21 ya había vivido mucho, todo muy rápido. En una empresa descubren que fui veterano de guerra y me despiden por no haberlo dicho, después trabajé en negro. Y ahora volvía a Jujuy, buscado mi destino, acompañando a mi mamá que perdió un ojo por el glaucoma".

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