Cómo hacemos escuela  desde el aislamiento

Alejandra Maccagno, magister en Procesos Educativos mediados por tecnologías

Tengo la satisfacción personal de poder tomarme un tiempo para escribir: es maravilloso poder pensar y repensar, en este momento histórico e inédito, lo que hago, lo que hacemos, como docentes. La pandemia avanza rápido en el mundo, pero a la vez detiene el tiempo para mirar y volver a mirar lo que somos capaces de hacer en casa, sin salir, para seguir educando. La cuarentena desató una masiva digitalización de actividades económicas, culturales, sociales, laborales, de entretenimiento, y la educación no fue la excepción. Las tecnologías irrumpieron como necesidad y como posibilidad para docentes y estudiantes, pero lo hacen en un contexto en el que no todos estaban preparados o dispuestos para implementarlas; o simplemente siguen excluidos, sin acceso. Si bien las tecnologías llegaron hace tiempo para quedarse, y la mayoría de las escuelas han demorado su implementación, en medio de este vendaval de emergencia, la educación virtual se convirtió en un salvavidas temporal. Son muchas las voces y muy variadas las que se expresan, como así también lo son las expectativas, definiciones, alcances, valoraciones y propuestas; sin embargo, es fácil advertir cómo, con los edificios cerrados, la escuela, en sus docentes y directivos, salió a buscar la manera de asegurar que sus alumnos sigan aprendiendo. Casi sin quererlo, hemos creado una nueva vía para educar, y un nuevo modo de ser educador, poco entrenada pero muy comprometida y generosa. En estos días he podido observar distintas reacciones ante el confinamiento: están aquellos que piensan que es posible hacer on line el mismo tipo de aprendizaje que se hace en la presencialidad, con tareas rutinarias y en soledad; hay otros que pudieron adaptar sus objetivos y propuestas, trasformando lo que habían planificado, en tareas significativas, flexibles, y para trabajar en equipo. Algunos se preocuparon y ocuparon de que sus estudiantes y familias sepan que estamos cerca para ayudarlos y escucharlos, habilitando el diálogo. Otros, en medio de esta situación desbordante, o a pesar de ella, aún no pudieron ponerse en contacto con sus alumnos. Hay docentes con pocas ganas, que simulan, y otros que quieren exigir, y sobrecargan. Muchos tienen problemas de conectividad o de espacios propios en el hogar para poder estudiar o trabajar, con distintos hábitos en el uso de los medios digitales. La queja permanente es para algunos una forma de hacer o de no hacer; otros buscan la manera de reencontrar el placer de enseñar de otro modo. Hay docentes que salieron a recorrer la geografía diversa y a veces impenetrable de nuestra provincia para llevar materiales a sus alumnos, a quienes particularmente respeto y admiro. Hay quienes dicen que hay que evaluar, y otros que consideran que es momento de aprender. Pero para todos los docentes ha implicado muchas más horas de trabajo, a la par de atender las tareas de cuidado familiar. Lo cierto es que todos: familia, estudiantes, docentes, directivos, funcionarios, estamos trabajando para intentar acompañar los procesos de aprendizaje lo mejor que se puede. Creo que lo importante es entender que la educación virtual no es sólo una cuestión de dispositivos y de conectividad. Implica un conjunto de estrategias y modos de comunicarnos y ‘aprender juntos‘ que, en la presencialidad están resueltos, y en la virtualidad hay que repensar para entender que nuestros alumnos no son receptáculos de contenidos, sino que son capaces de producir, trabajar colaborativamente, apropiarse creativamente de contendidos. De hecho, ya lo hacen con Tik-Tok o las redes en las que se expresan, producen, conversan. Nadie nos avisó de este viaje; este "bicho" vino a sacudir aquello para lo que no estábamos preparados, ni como escuela, ni como educadores, ni como directivos, ni como funcionarios. Desde la rutina diaria, pensamos que la escuela era inamovible, estática, siempre allí, siempre igual, en su lugar; y justo ahora se para, y no precisamente para irnos de vacaciones, sino para situarnos en otra perspectiva, en otra mirada. La realidad nos está obligando a frenar. Necesitamos aprovechar todas las experiencias que estamos viviendo. No podemos pensar que se trata de un paréntesis y que volveremos a la "normalidad de la escuela" como si nada hubiera pasado. Esta pandemia sin duda nos movió el piso, o nos corrió el piso, para que podamos desnaturalizar, repensar, desmitificar la matriz escolar tradicional para desplegar nuevos aprendizajes. Tenemos que comenzar a pensar en el regreso, desde los nuevos conocimientos que estamos construyendo con esta experiencia: ¿cómo conseguí abordar mi materia?, ¿he conseguido subir a bordo a mis alumnos?, ¿están bien atendidos-escuchados?, ¿lo que les estoy enseñando "los ha tocado"?, ¿qué itinerarios estoy proponiendo?, ¿qué rutas y mapas estamos construyendo?, ¿qué tiempo les doy?, ¿a qué los estoy invitando, qué les estoy convidando?, ¿a dónde va a parar lo que estoy enseñando?, ¿qué valores, sentimientos, emociones estoy poniendo en juego?, ¿cuál es la parte de aquellos estudiantes que no tienen parte?, ¿qué estoy "coleccionando" para dar sentido a lo que hago ahora, y a lo que viene después?,¿cómo saber qué es lo que vendrá?. Este tiempo que nos toca y nos trastoca, debe servirnos para volvernos intérpretes de la vida, que no es poca cosa.

El tiempo y la historia están hoy un poco locos. Pero ¿Qué es enseñar si no es eso, estar un poco locos? Porque aún no está todo dicho, y de ahí viene la esperanza que necesitamos para seguir escribiendo la historia.

 

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