Pero entonces nos convocó el padrecito. Tenía la voz preocupada en el mensaje de audio, así que no dudamos en darnos cita (ya les dije que todos tenemos la misma terminación en el documento), y nos sentamos en torno a la mesa en la que Blanca sirvió unos escabeches, pan rebanado y unas copas de cognac. Entonces, sin dar más vueltas, el padrecito nos dijo que había conocido a una mujer.

Lo dijo sin más aclaraciones. Conocer mujeres, debía conocer muchas, pero tampoco lo decía en un sentido erótico, o al menos eso era lo que parecía. Nos dijo que la vio por primera vez cuando sacaba fotos en el frente de la iglesia. Me le acerqué con una sonrisa, nos dijo, y le hice una pregunta de cortesía. No era turista, no los hay en estos días, sino fotógrafa, dijo y sacó de su mochila un álbum de tomas en blanco y negro, todas deliberadamente movidas, deliberadamente fuera de foco. Eran bailarinas que danzaban entre tules con sus muslos al aire, algo que podía parecer un brazo, una aureola que acaso fueran los cabellos. Acá no va a encontrar bailarinas, salvo que venga para Navidad y se trate de un pesebre viviente, le dijo el cura. No crea, dijo ella mirando en derredor hacia el atrio.

Las veo generalmente en todas partes. No todo el tiempo, pero siempre hay alguna que me queda de los sueños como si se hubiera olvidado de desaparecer al despertarme. ¿Siempre sueña con bailarinas?, quiso saber y ella le respondió que sí, que soñaba con muchas y que sólo algunas aparecían con el día. Esas son las que fotografío, le explicó.

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