La mujer le dijo al padrecito que todas las noches soñaba con bailarinas, pero que sólo unas pocas se quedaban con el día, cuando despertaba, y que de estas últimas eran las fotografías del álbum que le mostraba: una sucesión de tomas borrosas, confusas, en las que lo único claro era el movimiento.

Es extraño que pueda fotografiar sus sueños estando despierta, opinó Pierre Donadou Quispe con tanto descaro que Blanca consideró superfluo aclararle que lo era tanto como pensar que podía hacerlo en el sueño. Pero tenía la certeza de que no deliraba, nos explicó el padrecito. Estaba seguro que aquello era cierto. Y tanto le pareció real que, en vez de preguntarle lo obvio, quiso saber quiénes eran esas bailarinas de sus sueños. No sé quiénes son todas, empezó a explicarle. Sólo sé que una de ellas soy yo, por eso saco las fotos, para descubrirme.

¿Por qué pensás que una de ellas sos vos?, dijo con más asombro que antes. Porque bailaba cuando era niña hasta que me olvidé de bailar, le respondió. ¿Cómo es eso?, le preguntó invitándola a pasar a la sacristía. Cuando se sacó el barbijo, nos dijo el padrecito, me di cuenta que era muy bonita. Me di cuenta que me habían llamado demasiado la atención sus ojos, pero que todas sus facciones no hacían más que confirmar esa belleza. Bailaba en el porche de casa, sola o con mi prima, le dijo la mujer, y los vecinos se paraban para verme. Recuerdo que me aplaudían, no sé si porque lo hacía tan bien como yo creía o porque ver a una chiquilla bailando siempre resulta simpático.

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