La historia de un amor genuino destrozado por los mandatos sociales

La semana pasada se conmemoró en el país el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia para recordar la eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales por parte de la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud, lo que tuvo lugar el 17 de mayo de 1990.

En ese marco quiero citar un cuento, inspirado en hechos reales, que trata sobre la historia de Isabel y Cristina, un amor que la sociedad no dejó que prospere y mató, pero la muerte de amores prematuros eterniza los romances.

Se conocieron allá por los 80 por amigos en común y de inmediato empezaron a encariñarse. No era una amistad lo que se inició desde ese día, lo que surgió de ese contacto fue un cariño único e inmenso que trascendió más allá de sus géneros. Un romance nació, y con miedos y ataduras les decían al mundo que eran amigas pero por dentro ellas sabían bien que había mucho más que eso y el sentimiento crecía a pasos de gigantes.

Pasaban mucho tiempo juntas y se besaban en secreto, pero ante todos lo disimulaban bien porque los prejuicios sociales en esa época eran muy crueles. Sin embargo soñaban con el momento de decírselo a todos, con tomar fuerzas para gritar cuánto se amaban aunque las sospechas eran constantes, sobre todo de su entorno más íntimo.

Un día se cansaron de ocultarlo y decidieron soltarlo pese a las posibles consecuencias. Sus amigas las apoyaron, pero sus respectivas familias empezaron a oponerse y perseguirlas, se enfurecieron y les impidieron volver a verse. Fue tanto el odio que las obligaron a separarse, las trataban de enfermas y las quisieron internar.

Pasaban los días y el amor seguía intacto, era muy fuerte, pero no las dejaban amarse, y ante tanto prejuicio y amenazas no les quedó otra que separarse. Las alejaron, les rompieron el corazón y desde ese día jamás volvieron a sonreír.

El tiempo pasó, Isabel conoció a un hombre que su mismo padre le presentó, se forzó para quererlo pero nunca lo hizo como a su amada. Tuvo hijos, se casó y pese a todo eso su corazón tenía un vacío inmenso. Cristina jamás volvió a estar con una persona pese a las presiones de su madre para que conozca a un hombre, su tristeza era tan grande que la llevó a deprimirse y tomó la decisión de tomar un atajo al cielo cuando no pudo más.

Isabel, su enamorada fue al velorio, y gritó fuerte su dolor. Jamás se recuperó y al tiempo un cáncer fulminante se la llevó. Allá en el cielo volvieron a encontrarse, estoy seguro, y que ese amor se volvió a encender. Con los años sus familiares entendieron que ellos habían tenido la culpa de lo sucedido al dejarse llevar por esos prejuicios y mandatos que la sociedad nos impone que eran más inhumanos en los años previos a 1990 cuando el amor entre personas del mismo sexo era declarado como una enfermedad.

Esta historia representa una de las tantas que la sociedad frustró por no aceptar estos romances que son genuinos y verdaderos como todos los otros. Encuentros que no le hacen daño a nadie y que hoy en día ya son permitidos porque si Cristina e Isabel se hubieran enamorado en estos tiempos se podrían haberse casado. Por eso repudio enérgicamente que esto siga pasando hoy, que todavía haya personas que se opongan, que discriminen, que maltraten a los que optaron tener otra identidad de género a la asignada al nacer.

Lamentablemente aún se siguen viendo casos de homofobia que destruyen realidades de personas que ya la vienen pasando mal desde chicas porque el daño se presenta desde la infancia a través del bullying en las escuelas.

Pero también quiero celebrar lo cambios que hubo en la mente de mucha gente que entendió, acepta estos amores y paró un sufrimiento de años. Además, este cambio se ve en establecimientos educativos que son más inclusivos que antes en este aspecto.

Aplaudo a los que respetan y les enseñan a las nuevas generaciones a hacerlo porque de esa manera están contribuyendo a vivir en un mundo más inclusivo, solidario y empático.

 

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