Cortina de crochet

Cortina de crochet

Perla entró a la iglesia en el momento en el que Paco le estaba por dar el si a su novia en el altar, y se alzó un murmullo que expresaba los temores de todos los presentes. Es que Perla, nos siguió contando Blanca, llegaba con ese perfume de misterio que se robaba el corazón de los hombres.

Ante el murmullo, los novios y el cura se dieron vuelta. La muchacha, con el tul aún sobre el rostro, no midió las dimensiones de lo que sucedía y menos Paco, que suspiró involuntariamente, perdió la elegancia llevándose las manos a los bolsillos y cuando el cura le preguntó si aceptaba a su novia por esposa, titubeó y confesó que no lo sabía.

La novia lo miró con espanto, el cura con sorpresa, quienes iban a ser sus suegros lo miraron con odio, el resto de los presentes con asombro, resignación y humor, y yo, que como les dije era su amiga, sentí ese dolor de saberla inocente y, a la vez, víctima. Pero nadie, ni yo siquiera, sospechamos en qué iba a parar aquello.

Como imaginarán, allí nació uno de los escándalos más comentados del pueblo. Cabizbajo, derrotado, Paco bajó del altar, le echó una mirada a Perla, a quien hasta entonces sólo conocía como todos nos conocíamos en aquel barrio inocente, dejó caer la vista hacia sus zapatos espejadamente lustrados y se marchó.

Anduvo, dice la leyenda, toda la noche de aquí para allá, sintiendo vergüenza pero deseo a la vez, hasta que al alba, como esas cosas que se dan sólo en las películas, se detuvo ante el balcón de una casa baja, con una cortina de crochet tras el cristal.

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