Educación y el  Proyecto Emancipador

No se habían acallado, aun, los sonidos propios de combate de la batalla de Salta, cuando Belgrano emprendía el camino para retomar San Salvador de Jujuy, ciudad que mostraba un aspecto desolado, sumida en el absoluto descuido, después de la ocupación por parte de las tropas realistas de Pío Tristán. El pueblo de Jujuy retornaba después del éxodo de 1812.

Pero podemos imaginar que aquel abogado, militar solo por imperio de las circunstancias, aun en tan difíciles momentos, venía elaborando en su pensamiento nada mas ni nada menos que un reglamento para el funcionamiento de escuelas. Escuelas, claro, en el concepto de aquel entonces, que lejos de hacer referencia a un edificio, se enfocaba, particularmente, en la conjunción de un maestro y sus alumnos y alumnas.

Manuel Belgrano, entonces, frente a lo urgente, que era acometer la guerra para consolidar el proyecto independentista y soberano, tratando de proteger al pueblo jujeño al cual solo podía pedirle sacrificio, estaba pensando en el día después. Estaba convencido que la educación era el gran espacio emancipador para el desarrollo del proyecto de la nueva Nación.

Y seguramente llegaba en 1813 a Jujuy, haciendo números (por algo lo reconocemos como el fundador de la economía argentina). Calculando los honorarios que como General, le corresponderían por su labor.

Y estimando cuánto se podría hacer con esos recursos al destinarlos al funcionamiento de sus escuelas, en Jujuy, Salta, Tarija y Santiago del Estero, ciudades donde había que implantar lo que se denominaba enseñanza de primeras letras.

Posiblemente ya tenia en mente el borrador de la carta que, poco después, enviaría a la Asamblea para informar su voluntad de destinar los 40 mil pesos "para la dotación de cuatro escuelas públicas...".

No era la primera vez que había mostrado este tipo de preocupaciones. En una labor digna de un estadista fuera de lo común, ya había propuesto cuando tenía veintiséis años, en el Consulado de Buenos Aires, la creación no solo de escuelas primarias, sino las de Geometría y Dibujo, de Náutica, de Comercio, Hilado, Agrícolas, y tantas otras, algunas de las cuales pudo concretar. Es que en su estadía europea, mientras estudiaba, había comprendido que una nación pujante se construía desde la educación del pueblo.

No solamente los niños provenientes de familias desfavorecidas debían considerarse especialmente en esas escuelas gratuitas. También las niñas eran instruidas, en un abordaje inclusivo, casi inédito para el momento. Y todos tenían que tener asegurados los elementos para trabajar en la escuela.

Retribución adecuada al docente, concurso periódico del cargo de maestro, régimen disciplinario prudente y discreto, el homenaje a las fechas y símbolos patrios, becas para niños pobres, son algunos de los temas destacados del Reglamento. Y hasta se reservaba para sí mismo la posibilidad de visitar e inspeccionar cada una de las escuelas, para proponer mejoras.

Este tan interesante documento, fechado en San Salvador de Jujuy el 25 de Mayo de 1813, integrado por veintidós artículos con mucha certeza, podemos suponer que se venía pensando desde algún tiempo atrás, entre batalla y batalla.

Hace poco más de doscientos años el General Belgrano atendía lo inmediato y urgente: la consolidación de la Revolución. Belgrano pensaba en los desafíos que la Argentina encontraría por delante.

La educación pública gratuita era una de sus principales preocupaciones y proyectaba su desarrollo como elemento esencial de la construcción de lo que, hoy, llamamos ciudadanía. Manuel Belgrano empezaba el camino necesario para culminar el proceso de la Independencia de la Argentina.

 

 

 

 

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