Contra todo lo previsible, nos siguió contando Blanca, Paco y Perla, la mujer misteriosa que era mi amiga, se casaron a los pocos meses. Algunos decían que ella estaba embarazada, yo creo que no. No se casaron en el pueblo porque el escándalo de la frustrada boda de Paco cargaba los comentarios de los vecinos.

Cuando regresaron, se les notaba que el drama se había desatado ya porque el misterio de Perla era la caída de su mirada, el tono de su voz, la manera de alisarse la falda al sentarse, pero tras ello era de lo más vulgar. Se esmeraba por disimularlo, pero ¿cuánto puede ocultarse una verdad tan evidente?

Paco se sentía estafado, creía que le había mentido cuando ella era tan víctima como los hombres que se fascinaban con la apariencia de su misterio. Empezaron las recriminaciones, siguieron las discusiones y ella, sintiéndose culpable de las consecuencias, apenas si bajaba la vista pero él ya no le creía.

Muerto de vergüenza, porque sospechaba que todos en el pueblo lo tenían por un tonto, no salió de la casa hasta que lo hizo, finalmente y de madrugada, con el bolso de sus pocas camisas y medias, para ya no regresar jamás, quien sabe qué fue de su destino, pero el de Perla si lo supimos.

Años pasaron en los que se la veía sentada al piano tras el ventanal del balcón de su casa, con las manos sobre el teclado que no sabía tocar, con la mirada caída sobre el mantel de crochet que lo cubría y la esperanza de que pasara el tiempo, porque ya todos los hombres en el pueblo conocían su secreto.

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