Capaz que entonadito por el cognac que nos sirviera Blanca, Pierre Donadou Quispe alzó los ojos hacia el foco que pendía del techo y aclaró, como si alguien lo hubiera puesto en duda, que es justamente por esas cosas que uno valora más la libertad. Y conste que no creo que la libertad sea estar sólo, nos dijo sin que le creyéramos.

Digo, dijo, porque algunos creen que la libertad es sacarse las medias y dejarlas tiradas donde uno quiere. No deja de ser una buena definición de ser libre, se apuró a corregirlo el comisario Pierro ante la sonrisa cómplice de Blanca, pero el padrecito, reflexivo como siempre a fuerza de su oficio, agregó algo más sobre los sentidos de la libertad que no nos convenció.

No hablo de eso que tiene que ver con la responsabilidad y los valores, agregó Donadou tratando de buscar un ejemplo. No niego lo que usted dice, dijo tomando la mano del sacerdote sobre la mesa, pero quisiera especificarle mejor a qué me refiero y me viene a la memoria la historia de don Parménides Zacarías.

El hombre, como todos los Zacarías, era carpintero de oficio. No hay tanta madera por estos lados, lo cual hacía que buena parte de su trabajo consistiera en reciclar muebles viejos, con lo que más o menos se las arreglaba para vivir, cosa para la que por aquellos no se precisaba demasiado.

Don Zacarías era más bien cejijunto, pecatón y de habla apurada, manos anchas y duras por su trabajo, un eterno guardapolvo de cuadritos celestes y herramientas siempre al alcance, no sea cosa que se perdiera algún encargo.

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