El gallo gritó al alba, y como cada mañana don Nímedes Guascas creyó que le advertía en su grito que “son todas macanas, son todas macanas”, y nomás que terminó de gritar escuchó los ladridos de sus perros, pronto unas palmas y se levantó de la cama para ver quien llegaba. Cuál fue su sorpresa al verla a ella: la mujer con la que, justamente, se andaba ilusionando.

Estaba allí paradita con sus ojos lanceolados y oscuros como la noche, con sus cabellos lacios cayéndole en el hombro y ese canasto que la asemejaba a la mísmisima Candelaria, y entre tímida y coqueta le dijo que le acababan de dar esos huevos las gallinas, que si quería le vendía algunos. La cosa fue más o menos rápida: ella entró a su rancho, en algún momento se cruzaron sus manos, en otro sus miradas, don Nímedes dijo alguna coquetería y ella dejó caer la mirada, se volvieron a encontrar ya sin la excusa de los huevos del gallinero, se frecuentaron en bailes de fiestas patronales y hasta en las misas y un día ella se mudó a su rancho.

No lo hizo sola, dijo el padrecito, sino con una wawa en el vientre y don Nímedes Guascas pensó que capaz que ya era tiempo de dejar semilla, se alegró con la noticia y empezó a levantar otro cuarto para cuando creciera. Fue entonces, pero no le hizo mucho caso, que la china le empezó a mostrar su mal humor, algún desplante, alguna riña y eso, pero será por la preñez, se dijo el hombre. Y como pasa en esos casos, la wawa vio la luz y llegaron unos días de paz y de alegría a ese ranchito solitario de los valles.

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