Sirviñaku

Cuando don Nímedes Guascas escuchó que el gallo cantaba que "son todas macanas, son todas macanas", no le hizo caso y salió a atender a la puerta, porque habían batido palmas. Allí lo esperaba la mujer con que estaba soñando. Llevaba un canasto lleno de huevos para venderle, pronto hicieron sirviñaku y antes del año ella daba a luz una bella wawita, pero no pasó mucho hasta que ella empezó a mostrar las uñas.

Son rabietas de mujer, nada importante, se repetía saliendo del rancho para no pelear. Se lo decía una y otra vez porque la mujer era bonita y no quería perderla, ni a ella ni al bebé, hasta que en el mercado del pueblo una mujer le vio las ojeras marcadas y, preocupada, le preguntó qué le pasaba.

Nada del otro mundo, dijo don Nímedes Guascas. Rabietas de mi mujer, le respondió. Será porque aún sueña con el padre de la criatura, opinó la vendedora y don Nímedes se quedó pasmado. ¿Cómo es eso?, quiso saber. No me diga que no lo sabe, dijo ella. Mire que son zonzos los hombres, viera.

No dijo más la mujer, pero ya dejó sembrada la intriga y desde ese día a don Nímedes Guascas lo atormentaron los celos, la siguió día y noche, la vigilaba escondido, le preguntaba por cada paso que había dado como si no lo hubiera visto y empezó a reconocer, en el rostro de su hijo, rasgos que no le pertenecían.

Y como sucede siempre que uno quiere ver algo, la terminó viendo conversar de lo más coqueta junto a un forastero, bajo el molle cerca del arroyo, poco más allá del corral. Los vio, se desesperó y salió corriendo.

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