La vida, un maravilloso y permanente desafío

"Velar se debe la vida, de tal suerte, que viva quede en la muerte", sentencia el conocido poema del uruguayo Juan Zorrilla de San Martín (1855/1931). Con esto el poeta, en su sabiduría, nos dice que la manera adecuada de recorrer esta existencia es aquella que permita dejar alguna huella. Por pequeña que fuera. Una marca tal que confirma que ha sido puesta por alguien que, en verdad, tuvo una vida única e irrepetible. Lo que implica haberse abierto a las posibilidades que -solamente a la especie humana- otorgan la imaginación y la fantasía; el deseo por conocer más, por descubrir, por develar.

Es que en la esencia humana se encuentra esta faceta muy pocas veces atendida: la de concebir a la vida como un desafío permanente.

Nos hemos pasado, al parecer, demasiado ocupados en perseguir seguridades durante las décadas pasadas, creyendo, ingenuamente, que en el Universo hay otras garantías y certezas que no sean -parafraseando al I Ching- el hecho ineludible de que lo único inmutable es la continua mutación. Puede decirse que, desde finalizada la Segunda Guerra Mundial, Occidente se esforzó, por todos los medios que tuvo a su alcance, para asegurar un futuro previsible, estable, sin perturbadores imprevistos. Entonces, ya iniciado el Tercer Milenio, irrumpe una pandemia que derrumba aquellas ambiciones. La "zona de confort", como fue denominada, se derrumba en instantes cual castillo de arena.

En lugar de pretender serenidad, fuerza y vigor para su espíritu lo que le permitiría una concepción mental objetiva quitándole a su cuerpo toda la secuencia de padecimientos psicosomáticos, la atención estuvo puesta en el afuera y en la acumulación de bienes personales. Parece que aquellos dos interrogantes que ocuparon a San Ignacio de Loyola -¿a dónde voy?, ¿para qué voy?- no provocaron interés en la persona normal. Más ocurre que la vida humana es bastante más que acumular riquezas.

Y hasta, ateniéndonos a la historia de quienes construyeron los cimientos de la Humanidad, se nota que las riquezas materiales son más un lastre que un facilitador. Obviamente cuando Khalil Gibral sentencia: "Sólo eres dueño de lo que no puedes perder en un naufragio" nos pone de cara al problema. Lo que cada uno haya incorporado en conocimientos y saberes es la única herramienta segura que se tiene. Todo lo demás son posesiones momentáneas. Si contamos con ellas serán aprovechadas, caso contrario la creatividad permitirá obtener lo necesario para seguir armónicamente el sendero.

Celos, envidias, odio y egoísmo son enfermedades provocadas por el pensamiento equivocado de que es más importante "tener" que "ser". Quien se encuentra ocupado en su trabajo de crecimiento y evolución permanente en las esferas de lo espiritual e intelectual, no dedica tiempo ni esfuerzo a ver cómo convertirse en más que el otro. Como el guerrero mítico, ha descubierto que su combate es contra sí mismo. Y que ha de ser su combate interior lo que le permitirá -mediante sus avances personales- favorecer a sus seres queridos y la comunidad toda, aún sin proponérselo.

Jorge Luis Borges, con su clásica ironía, solía sorprender a su interlocutor diciendo: "Sí, es cierto nos ha tocado vivir tiempos difíciles...". Allí hacía una pausa para agregar lacónicamente: "Como a todos los hombres, en todos los tiempos".

Crecer y desarrollarse como persona es aprender a enfrentar y resolver exitosamente las dificultades y adversidades que siempre presenta la vida cotidiana.

No han habido tiempos mejores o épocas peores. Lo único cierto es que todo es de acuerdo al color del cristal con que se mira. Los acontecimientos son entendidos de acuerdo a un modelo previo de pensamiento. Quien cree que la vida hay que dedicarla a conseguir un futuro garantizado, siempre estará insatisfecho, inseguro e infeliz.

Quien piensa en la vida como una construcción de permanente desafío sonreirá al acostarse cada noche para despertar con fuerza vital en las mañanas.

 

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