Pantolón Bermiño vio que el otro cliente, que estaba por pagar en la panadería, sacaba del bolsillo los billetes y, entre la plata, había un papel cuadrado de como diez centímetros por lado y completamente en blanco. Era igual al que había aparecido en su bolsillo después que salió del cajero y ya no vio a la muchacha de bellos ojos con la que había conversado mientras hacía la fila.

Pero más que el papel, que acaso delatara que también había conversado con la muchacha y también la había perdido, a Pantolón le sorprendió la expresión de su mirada, que primero fue como de vergüenza y al fin de bronca, algo así como una mirada violenta para la que no encontraba ningún justificativo. Y tan rara como su mirada fueron sus propios sentimientos, porque lo ganaron unos celos como los que no había sentido desde que su mujer lo dejó, hará de eso como diez años, y entonces nos contó el comisario Pierro que estuvieron a punto de trompearse aunque no había motivo para que se pelearan.

Salieron los dos de la panadería sin sacarse la vista de encima el uno al otro, y la suerte quiso que la cosa no llegara a más, pero desde ese día, estuviera donde estuviera, Pantolón Bermiño se encontraba con otros que guardaban el mismo papel en sus bolsillos como si fuera algo de mucho valor. Qué cosa, se decía Pantolón pensando mal de ella como si le debiera algún tipo de fidelidad, y miraba a los hombres con ganas de irse a las manos para defender vaya a saberse qué honra, nos dijo el comisario y encendió un cigarrillo suspensivo.

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