Raro y peligroso

Raro y peligroso

Que Angelita en el chat, de noche y a escondidas, recibiera mensajes de aliento y de cariño, no despejaba la preocupación de sus padres. El mundo se había tornado raro, peligroso a juzgar por las noticias de la tele, y había que sospechar de todo, incluso de quien firmaba como la Seño y tenía, como foto de perfil, un rostro bello y triste.

Por la mañana, después de desayunar y antes de que comenzara la tarea, la sentaron sola en la cocina para que les explicara qué era lo que sucedía. Angelita alzó los hombros y dijo que la Seño la había invitado a chatear hace algunos días, y desde entones cada noche se comunicaban para pasarse esos mensajes.

Ella le contaba sus preocupaciones, que tenían que ver con esas clases virtuales de las que cada vez participaban menos compañeritos de su grado, y la Seño le recomendaba paciencia, la alentaba a seguir, le sugería ser perseverante y ese tipo de cosas que, aunque a simple vista inocentes, nadie sabía qué podían ocultar.

El padre le dijo que ese teléfono no concordaba con el de ninguna de sus maestras, y que no la dejarían volver a comunicarse hasta que la Seño no hablara con ellos. Angelita les dijo que encendieran el celular por la noche, que entonces ella estaría allí, como lo estaba haciendo los últimos días.

Los hechos corroboraron las preocupaciones de los padres: esa noche la Seño no se conectó, no mandó ni recibió mensajes como si supiera que, del otro lado de la línea, no era la niña la que la esperaba sino ellos dos, que al fin devolvieron el celular al estante.

 

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