La pelea de los vientos dejó daños materiales

Hay fenómenos naturales que pasan a formar parte de la cultura de la región, como suele serlo la bajada de algún río en el verano. No sólo se la sale a ver sino que se la comenta, incorporada ya a los relatos que nos forman. Algo así pasa con el viento Norte y, como sucedió el viernes, con las peleas de los vientos. La fama del viento Norte es brava y la gente de antes sabía colgar bolas de piedra, en algún rincón de la casa, para mermarle fuerza.

En la mañana del viernes, su ruido y su fuerza enturbiaron el cielo y el paisaje, y aunque llegaban noticias de nieve y frío allá por Yala y hasta por Volcán, en Tilcara se podía salir de remerita. Cuando los cerros parecieron una fotografía fuera de foco, se empezó a lamentar los dolores de cabeza y malos humores que acarrea. Luego, por la tarde, el viento abajeño cargó el aire de más tierra y ambos, el del sur y el del norte, se toparon bravamente sobre el lecho del río Grande. Alguna gente mayor salía a la puerta de sus casas para ver un espectáculo que se había tragado la visión de las montañas.

El corte de luz, que duró buena parte de las horas vespertinas, apagó los televisores y dejó sin batería muchos celulares, lo que multiplicaba esa sensación de desazón que ya de por sí producen los vientos que se cruzan. Por las redes corrían advertencias para quedarse en casa, sumadas a las de la cuarentena estricta. No fueron pocas las chapas de los techos que volaron, los postes y árboles que cayeron, porque así como las peleas de los padres dañan a los hijos, se le escuchó decir a una abuela en el mercado que, cuando pelean los vientos, las damnificadas somos las personas. Los daños no pasaron de materiales, y cerca de las 19.30 volvió la luz, mermaron uno y otro viento y la temperatura descendió para que comience una noche fría.

Uno de los dañados fue el techo del tinglado del club Terry. Según nos contaron, el viento se embolsó en su interior. Nos dicen que entró por una de las paredes que quedaron inconclusas, levantando con su fuerza una hilera de chapas que, en la mañana del sábado, ayudaban a reparar los bomberos voluntarios. También se reparaban, en las calles, cables caídos y postes volteados.

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