Anécdota ridícula

Anécdota ridícula

Pierro nos prometió una historia de amor, y mencionó a un tal Ebdulio aunque no sabía bien, dijo, cuando empezaba su historia. De chango no tuvo demasiada suerte con las niñas pero le fue mejor de adolescente, cuando ya sabía que sus virtudes no eran el deporte ni el jopo.

Pero a la Etelvina la conoció mucho después, ya tirando a grande y con algunos fracasos en el corazón. La conoció cuando ya no esperaba conocer a nadie especial. La anécdota podría parecer casi ridícula, pero la vida misma es a veces la suma de anécdotas ridículas y es mejor que se la cuente.

Ella salió de su casa como solía hacerlo casi todas las tardes, sin arreglarse demasiado, sin esperar un encuentro que le pudiera cambiar la vida salvo que tenía que ir a cambiar un caño que había comprado en la ferretería y como media cuadra antes de llegar, sin buscarlo de ninguna manera, clavó la punta del caño en la bolsa en la que el Ebdulio llevaba una docena de naranjas.

Las naranjas rodaron por la vereda, alguna cayó a la calle pero las fue recogiendo mientras la Etelvina se deshacía en disculpas, Ebdulio decía que no importaba y cuando ya tenía la última de las naranjas en la mano, la miró a los ojos y se la ofreció. Para que vea que no hay rencor, le dijo y, pese a que no lo buscó, a ella le pareció que se lo dijo de un modo muy galante, casi sensual.

Pese a ello, ella tomó la naranja, le agradeció y siguió rumbo a la ferretería sin sospechar que el destino se reservaba aún una carta, y ni uno ni el otro creyeron que aquello fuera a continuar.

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