Laberintos Humanos: Esos días

Pierro nos contó que el Ebdulio le regaló una naranja a la Etelvina, que ella siguió hacia la ferretería tras agradecerle y la cosa pudiera haber terminado ahí. De hecho, dijo, esas cosas terminaron ahí porque no hay quien determine cuando terminan, salvo aquel que lo cuenta. No interesan las cosas que pasaron esos días en las vidas de cada uno de ellos, cosas tan intrascendentes como las naranjas que, por accidente, se le cayeron de la bolsa y que, tras recogerlas, motivaron ese regalo que la Etelvina notó como muy cortés, casi sensual, pero ya no se consideraba en edad de esas sorpresas y, a falta de más señales, siguió su camino.

Pasaron esos dos días llenos de cosas fatuas, cuando el azar los volvió a cruzar y ella creyó coqueto hablarle de lo dulce que estuvo esa naranja, no porque lo recordara realmente porque capaz que ni la haya comido, sino por decirle algo, y el Ebdulio sospechó que le mentía y que lo hacía de un modo fingidamente cortés. No le pareció la mejor forma de iniciar una conversación, pero descubrió que detrás de esas palabras con poca gracia había una mujer que, sin ser despampanante, sin embargo tenía sus atractivos pese a que, como les dije ayer, la Etelvina no era de arreglarse mucho cuando salía a la calle.

Ebdulio le respondió con un comentario galante, acaso tan poco afortunado como el de ella, pero que dio comienzo a una conversación que, esa misma tarde, terminó en un romance apasionado. No voy a abundar en detalles que fácilmente pueden imaginar, nos dijo Pierro decepcionándonos.

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