Reflexiones en el mes del orgullo gay

Como nuestro lector sabe, no sólo la música y la vida cultural sirven para nutrir esta columna diaria, en su actualmente ardua tarea de escribir sobre música, ya que a pesar de la apertura del confinamiento, las actividades culturales están un poco limitadas y algunas lamentablemente han sido canceladas hasta nuevo aviso.

Las actualidades sirven de inspiración para quien escribe desde Europa estas líneas. Más allá de los esfuerzos de los países por abrir paulatinamente salas de conciertos, cines o teatros, las opciones que más se barajan son las de presenciar tales eventos al aire libre, desde la comodidad (o no) de sus coches, donde una familia puede presenciar una función de cine, por ejemplo.

Si esto conforma al público y a los artistas, es otro cantar. Lo cierto es que el live streaming también está a la orden del día, en un formato, por así decirlo, televisivo.

El mes de junio está marcado en Europa por las fiestas del Orgullo Gay.

La comunidad homosexual ha dejado de a poco de ser el centro de la discriminación y la crítica moral de un sector de la sociedad que con el tiempo se ha estandarizado como lo "normal".

Así, ellos decidían qué era una familia, cómo estaba formada y cómo serían las relaciones. Una sociedad que también daba a la mujer un segundo plano, el de la casa y los hijos.

En la América Precolombina, como así en la Antigüedad de Oriente Próximo y Grecia, la homosexualidad estaba aceptada y los miembros de esa sociedad que se identificaban con esa forma de vida, con esa forma de deseo y amor hacia personas de su mismo sexo, formaba parte de la sociedad y hasta en algunas sociedades gozaban de un estatus especial por tener una "doble naturaleza", como les decían los indígenas de América del norte a los miembros homosexuales de su comunidad.

La presencia y el respeto a la persona homosexual ha ganado un lugar en nuestra sociedad actual, luego de tantas discusiones y de oposiciones de religiones. Muy interesante este punto de vista, pues muchas religiones proclaman el amor y el respeto al ser humano, mientras no sea mujer u homosexual.

La independencia de la sociedad de la religiones monoteístas a través de la lectura, los viajes y el cultivarse de forma amplia y autónoma como un libre pensador, nos ha llevado a ver cómo en diferentes culturas había un lugar para las personas que amaban a personas de su mismo sexo.

Y cómo influye para escribir esta columna diaria? Pues muchos de los seguidores de esta columna aman la música clásica, que es el tema de la misma pero que se ha ido ampliando con el tiempo a la música en general y a la cultura en sus diversas ramas.

El lector joven seguramente escucha música pop o reggaeton. Precisamente uno de sus mayores representantes, Bad Bunny, se convierte en una persona trans en su canción "Yo perreo sola".

Su mensaje hace reflexionar sobre la masculinidad.

En el pop británico, Sam Smith también es un cantante abiertamente homosexual. Sus videos muestran su sensualidad de forma libre. Es interesante que se haga llamar "they" y no "he" (él, en inglés).

Pero para los así llamados "ochentosos" y "noventosos", quién no ha bailado al son de las canciones de Ricky Martin en la pista para "lentos" o al son de la rumba "María" pensando que si el era gay (y luego salió del closet) no estaría bien bailar su música. ¿A quién le importaba si era gay?

¿A quién le importa si un músico que nos gusta es gay? ¿A quién le importa si una persona es gay? No se puede juzgar a alguien por su orientación sexual y mucho menos discriminar. Si así fuera, no tendríamos que haber bailado al son de Ricky Martin, no podríamos haber comprado un CD o cassette de Freddy Mercury, que fue un icono de la música rockera británica. Tampoco tendríamos que haber escuchado en la radio o grabado con los cassettes vírgenes las canciones de Elton John, para luego poner sus temas en casa.

Y qué decir de uno de los dúos más famosos de la música clásica de la post guerra. Ni más ni menos que el gran compositor sir Benjamin Britten y su pareja, el tenor Peter Pears. Ambos eran pareja en una sociedad que no hablaba del tema, pero que enfrentaron toda crítica y vivieron su normalidad en un mundo que aceptaba esa normalidad, la de dos hombres que se aman.

Incluso hasta la reina Isabel de Inglaterra, cuando invitaba a Britten al palacio para tomar "el five o‘clock tea" (el famoso té inglés) también invitaba a la pareja de Britten, el tenor Pears.

Amigo lector: más allá de la sexualidad, la personalidad y la calidez humana son las que cuentan y las que nos harán juzgar a una persona, su entereza y sus valores.

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