Pierro nos dijo que esa misma tarde empezó un romance apasionado entre el Ebdulio y la Etelvina, y luego agregó que no iba a abundar en detalles que fácilmente podamos imaginar. Usted es injusto, le recriminó Pierre Donadou Quispe, nos cuenta detalladamente lo de las naranjas que se le caen, lo del agradecimiento, lo que sucedió a los pocos días y nada nos dice de lo que vale la pena escuchar.

Es que lo mejor de la vida, dijo el comisario Pierro, es capaz que eso que se repite hasta el hartazgo. Ustedes vean: historias de naranjas que se caen en la vereda hay pocas, casi ninguna continúa a los pocos días con el comentario de ella, capaz que mentiroso, de que la naranja que él le regaló era bien dulce, y esas cosas extrañas, únicas, son las de menor interés.

En cambio las otras, siguió diciendo, que se reducen a caricias, a besos, a promesas que no se van a cumplir, a juramentos, tienen el sabor de lo más atractivo del cuento y, sin embargo, ¿quién no las vivió al menos muchas veces? Eso me hace pensar que no es que los cuentos sean siempre iguales, sino que los oyentes son poco exigentes, dijo. Pero lo que voy a contarles es otra cosa. Ella empezó con titubeos que el Ebdulio era incapaz de explicarse.

Los encuentros habían sido intensos, casi podría asegurar que los dos la habían pasado bien y prometían otros mejores, pero pese a ello la Etelvina decidió interrumpir ese amor. El Ebdulio prefirió intentar no cruzársela por algún tiempo, temía verla con otro y que esa haya sido la causa del desenlace.

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