Atreverse a poner la mirada sobre uno mismo

La mirada esencial de la persona humana actual está casi totalmente puesta en lo exterior. Las estrellas, el universo intraatómico, los códigos genéticos son su centro de atención permanente. La espiritualidad aguarda, en tanto, con toda su carga nutritiva, en algún sitio censurado y reprimido del alma.

Absurdo es negar los progresos que, por aplicación del intelecto, permitieron el crecimiento exponencial de la ciencia y la tecnología en todo el siglo Veinte. Pero al mismo tiempo también es menester admitir que nuestros cimientos espirituales si no se han desmoronado totalmente, van camino a ello.

Porque desde que Sigmund Freud descubrió que el psiquismo inconsciente es cimiento y esencia de la conducta humana, podemos asegurar que los disturbios comienzan en la personalidad cuando se permite que la consciencia actúe cual si fuese la totalidad psíquica del hombre. Pero no lo es. El humano no es su consciencia, sino -precisamente- lo contrario: es aquello que anida en el interior psíquico de uno mismo. Por este motivo Carl Gustav Jung expresaba que quien "mira hacia fuera, sueña; pero el que mira hacia adentro, despierta".

"El que se ve a sí mismo -agregó el sabio suizo- reflejado en el espejo corre el riesgo de encontrarse consigo mismo. El espejo... muestra con fidelidad la figura que en él se mira, nos hace ver ese rostro que nunca mostramos al mundo, porque lo cubrimos con una máscara de actor. Pero el espejo está detrás de la máscara y muestra el verdadero rostro. Esa es la primera prueba de coraje en el camino interior; una prueba que basta para asustar a la mayoría, pues el encuentro consigo mismo es una de las cosas más desagradables y el hombre lo evita en tanto puede proyectar todo lo negativo sobre su mundo circundante".

¿Por qué sostiene Jung que tal encuentro "es una de las cosas más desagradables" siendo ese el motivo por el que la mayoría evita tenerlo? La respuesta es bien simple. Y en la actualidad es esencial para comprender mucho de lo que le ocurre a la Humanidad. Mirar hacia adentro de uno mismo es conocer -para posteriormente admitir- la esencia de cada uno. Es aquella frase pronunciada por José de San Martín: "Serás lo que debas ser o si no serás nada". Que tiene como antecedente a Píndaro afirmando: "Conviértete en lo que eres".

Hoy la gente está atenta a lo que "quiere" o "no quiere" así como a lo que le "gusta" o "no le gusta"; todos asuntos circunstanciales y meramente conscientes. Más de una vez, decisiones que no son propias sino que fueron tomadas en base a la estímulos externos debidos a la publicidad que machaca con pertinaz insistencia.

Como la búsqueda ocurre en lo superficial, que suele ser trivial e intrascendente, la sensación resultante es de insatisfacción permanente. Frustraciones, una tras otra, que conllevan a un malestar permanente.

Laurens van der Post comenta que ya en la primera mitad del siglo pasado "Jung estaba seguro de que la declinación y la falta de sentido en el mundo que lo rodeaba se debían, en gran medida, a la creciente incapacidad del hombre moderno para guiar su vida por los símbolos". Mas dejarse guiar por los símbolos, implica necesariamente estar atento a lo que Sócrates llamó "voces interiores" y que la Psicología de lo Inconsciente describe en mitos, leyendas, creencias y saberes universales. Todo lo que la civilización moderna y posmoderna deja sistemáticamente de lado.

Inclusive Jung ya había advertido sobre lo desacertado del repentino interés de los occidentales por la búsqueda de respuestas en las filosofías orientales como posibilidad para una vida armónica. "Hemos dejado que se desmoronara la casa que nuestros padres construyeron y ahora intentamos irrumpir en palacios orientales que nuestros padres nunca llegaron a conocer".

La mirada sobre uno mismo, auténtica, audaz y perseverante persigue idéntico fin que la obra de los alquimistas: generar en la persona una consciencia capaz de comprender con mayor vastedad aquello que supera a la simple percepción, dándole sentido a la vida en la certeza de lo trascendente.

La realidad humana no puede explicarse sólo a través de un conjunto de fenómenos físicos y químicos.

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