Pierro nos dijo que el Ebdulio, después que la Etelvina rompiera con él, procuró no verla, pero el pueblo es pequeño, lo era más entonces, y al fin se encontraron. Fue verse y saber que su amor debía continuar, como sucedió por al menos unos días, hasta que la volvieron a atacar las dudas.

Eso de encontrarse, desearse, amarse, creer en ese amor, dudarlo y separarse fue un ciclo que se repitió dos o tres veces, capaz que cuatro. Ebdulio pensó que ese sería el modo de ese amor, creyó que iba a aceptarlo porque ya, de alguna manera, la Etelvina había pasado a formar parte de su vida y porque tampoco andaba con edad de exigir demasiado.

Etelvina habrá creído lo mismo, así que las cosas se repitieron. Una mañana ella desayunó en la cocina del hombre, lo besó en los labios, lo miró a los ojos y le pidió que dejaran de verse por un tiempo, casi las mismas palabras que ya había dicho otras veces, y el Ebdulio creyó que se sentía mal, que lo sufría. Habrá pasado una semana y el Ebdulio vio que la Etelvina daba vuelta la esquina por la cuadra del mercado. La vio venir y le temblaron las piernas. Creyó que todo iba a volver a comenzar.

Ella lo miró con ternura, casi con deseo, él la saludó con cortesía y siguió su rumbo, de alguna manera orgulloso de haberlo hecho, y aunque se volvieron a cruzar otras veces, ya nada fue lo mismo. Algo, inexplicable como cualquier sentimiento, había pasado en el corazón de Obdulio, dijo Pierro y todos supimos que, aunque con algo de sabor amargo, ese era el final del cuento que nos contaba.

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