Al regresar a la casa del comisario, vimos que ante la mesa estaban Blanca, una muchacha de piel muy clara y ojos largamente lanceolados y la Martelia, a quien ya conocíamos como ex pareja del ermitaño. A Blanca y a Martelia las recuerdan. La tercera en cuestión vestía de un profundo blanco y sonreía despacito, como con condescendencia.

Frente a las tres, un plato cargaba galletas redondas y escamadas de avena. Lo de la avena lo supimos después, porque tanto el padrecito como yo tendimos nuestras manos hacia lo que creímos que era una invitación abierta a los presentes. Blanca miró preocupada a la Martelia, Martelia miró a la otra y la otra nos miró con algo de desgano. Vean, nos dijo sin siquiera presentarse. Acaso los bizcochos estén para algo más que para su hambre, dijo y los contamos para corroborar que alcanzaran para los seis.

Sólo iba a probarlas, dijo el padrecito tratando de comprender el sentido de la escena. Ese es justamente el tema, le dijo la mujer, ¿quién le dijo que podía probarlas? En nuestra casa, cualquier invitado puede servirse a gusto, dijo Pierro buscando la mirada de su esposa por si estaba metiendo la pata. La verdad es que yo tengo la culpa, dijo la Martelia bajando los ojos, dejen que les explique pero, por favor, hasta que lo haga no prueben esas exquisitas galletas. Ni ganas que nos quedan, dijo el padrecito. Capaz que al final, opinó Blanca mirando a la de blanco que negó con la cabeza. Después de la sesión, la avena de las galletas queda muy cargada, sugirió la misteriosa.

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