Galletomancia

Galletomancia

Vladisdava había alzado tres de las galletas de avena del plato para estudiarlas detenidamente. Se las veía deliciosas, pero nos había advertido que no estaban allí para una merienda sino para que la Martelia pudiera saber qué era lo que un hombre seguía sintiendo por ella. No hacía falta decirnos que hablaban de Pleuro Díaz, el ermitaño.

La coca está demasiado cara como para seguir leyendo en sus hojitas, no explicó la muchacha de ropas blancas y ojos lanceolados con delineador negro. Vez pasada quise hacerlo en la mesa de un bar, eché las hojitas sobre el mantel y no llegaron a tocarlo. Yo no sé cómo hicieron, que ni los vi, pero al volverme ya las estaban mascando unos parroquianos.

Por eso decidí ejercer la galletomancia de avena, que además es algo bastante nutritivo y sano, dijo y seguí creyendo, también por el modo ladeado con que nos miraba, que se estaba burlando de nosotros. Lo que sucede es que, después de revelarnos su mensaje, los bizcochos adquieren un sabor rancio que me obliga a tirarlos.

¿Y qué es lo que usted quiere saber?, le preguntó el padrecito a la Martelia, sospechando que pudiera tener que ver con los sentimientos de aquel que se recluyera en una cueva para alejarse del mundo. Me interesa leer el corazón de un hombre, le respondió y el padrecito, como si fuera abogado del ermitaño, le clavó la mirada.

¿Y quién le asegura que hablo del Pleuro?, preguntó Martelia. El ermitaño no fue el único en transitar por mis amores, dijo con dejo poético para luego reconocer que se trataba de él.

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