Cuando la nieve fue poesía y obsequio perfecto de la naturaleza en Yala

El viaje del viento níveo comenzó a través de un camino gris, en un día de invierno que eligió ser 24 de julio, bajo un sol que jugaba a las escondidas.

Del frío, del agua que es nieve que moja, se nutre este cuento que se tornó zigzagueante sobre los rincones de un tiempo especial.

Como un relato dibujado a propósito para criaturas salvajes y no tanto, la entrada al laberinto de lo mágico estaba angelada, es que la confianza de las nubes con la tierra se hizo notar desde las primeras horas del día. Así comenzaba este recorrido, mientras la lluvia sutil iniciaba un impensado vuelo.

El agua nieve iba convirtiéndose de imaginación a realidad ineludible, en gotas consistentes y llenas de una percepción poco convencional; tan propias como frías, tan rebeldes como blanquecinas.

La visita ya estaba siendo una aventura que eligió por escenario, una naturaleza rústica, esa que dejaba la libertad para observar desde cualquier perspectiva. En el umbral del encuentro con este cuadro, los pájaros cubrían con su canto un cielo que estrujaba nubes, retorciendo hielos que, finalmente, se volvían miniaturas.

Avanzar cada metro fue una osadía. El suelo mojado se encargaba de dar la bienvenida a los primeros pasos y las hojas de las plantas circundantes ya no mostraban en su haz colectivo, ese verdor de un otoño reciente.

Las aves -de nuevo- traían consigo un halo de amistad con el viento justo, en medio de este invierno casi nórdico, condensado a préstamo en un solo día jujeño. Aunque el aire hacía lo propio, la emoción del reencuentro con ese fluir, era alta. Y como pasa siempre, cuando un espectáculo de estas características desafiaba cualquier intemperie, la nieve sobre las hojas lograba con éxito irradiar un rumor de resplandeciente blancura.

Los arbustos fueron tentados para pasar a las filas que se lograban ver primero, mientras se tejían como mantas frescas de un verde particular; acaso un guiño ala tonalidad que por debajo, aparecía. El cúmulo de cristales lavaba permanentemente cada hoja, sin intención de caer en la tentación de morir en un intento por ser charco.

Otros copos agonizantes, se desvanecían en ese espejito congelado que reflejaba una escena no ficcional.

En el siguiente cuadro, ya las ramas los árboles competían en las alturas acordes al pacto con la bajísima temperatura ante la necesidad de encontrar una forma de romper cualquier afuera, pero con la posibilidad de elegir una forma de decir algo.

El gusto a navidades de otros lugares se colgaba del vapor de las pocas bocas que presenciaron el cuadro. Mientras un pino gigante al costado del camino, deseaba por horas ser adornado, acaso esperando guirnaldas y luces para anticipar aquél nacimiento esperado. El vaivén de nieve fue acorde a la intención de que fuera algo lindo. Y así fue, resquebrajado en el afán de ver volver a ver aquello cambiado de lo que partió. La realidad más inmediata consistía en ver esa liberación del tipo panorámica que deleitaba los sentidos, mientras más aves cruzaban como sombras, sacudiendo con sus alas de abanico; los montoncitos de agua acumulada que no dejaron nunca de ser inspiración para poetas atemporales. Alguna vez, muchas veces.

Desde ese momento, la seducción entre las nubes y el agua envuelta de neblina, arrastraba la unión de los cristales que se escribían en los albores del tiempo. Hasta que irrumpiendo lo inimaginable, tres vacunos miraron fijamente las presencias ajenas. No estaban listos para la visita sorpresiva.

Aquellos guardianes se daban cuenta de su vocación verdadera en ese instante. Fue un milisegundo que no se alcanzó a notar, como si todo se tratara de un ensayo, donde nadie estuviera mirando. La fuerza y la visión inquietante de los animales, el devenir misterioso que unió mundos en aquello que es genuino, espontáneo e inmediato.

Se trataba de sentir lo tangible, aprender a leer lo decorado tan milimétricamente desde el cielo. La nieve volvía a ser visible en la mitad del camino, donde esta vez, unas figuras aterradoras demostraron ser notablemente precisas. Las manos de gigantes escalofriantes, se erigían en los alrededores de un establecido paraíso expectante y la bienvenida de las realidades estuvo a cargo de árboles casi humanizados, enredados en un camino espectral. No estuvo mal la elección para tal escenario. La historia se nutría de figuras encontradas en la aventura que aún se estaba por escribir.

La niebla iba cayendo a medida que se la encontraba. La laguna en Yala estaba más cerca. Hasta que, frente a frente, se generaron suspiros petrificados, sin lugar para arcoíris pero con el corazón conservando su profunda inocencia y calefacción igual, detrás de toda historia. Entonces, las condecoraciones adquiridas fueron finos recuerdos de un momento descubierto en soledad. La buena energía dejó atrás la mezquindad, la estructura cósmica fue creación y una gran capacidad de sensibilidad salió a dar una vuelta.

El poder de la naturaleza fue como un lenguaje único donde la verdad aunque fuera inestable, entibió al más cruel de los vértigos. Y la niebla besaba el pequeño mar tiznado de humedad reinante, como si el invierno acudiera justo al llamado de alguien que lo extrañaba hacía tiempo.

La escarchita grisácea no se quería rendir. La belleza ya no se medía en palabras, sino en contemplación vestida de silencio y alimento de ojos que dejaron de parpadear por un momento para centrarse en la maravilla impregnada de perfección y armonía.

Era el universo que desplegaba un concierto en circuitos diagonales y paralelos de nieve, siempre a punto de ya no ser. Y entonces el cuento abrió una nueva página. El plano esta vez sin bordes, era excepcional. La protagonista, era entonces una lámina de agua congelada que volvía a ser reflejo de una nada que en realidad lo era todo. Y seguían asomando los brotes que se resistían a cubrirse por completo para conservar su color. Los pájaros, la banda sonora de un acto único donde su graznido cobraba fuerza; el aleteo, presencia y el vuelo acrobático, la maravilla presta a ser admirada.

Se hacía sentir el vestigio de un futuro distante, postal movilizadora del ave kamikaze preparada para quebrar la quietud de un agua adormecida, allí donde el límite nunca había sido marcado.

El agua congelada, desliza, resbala, corre y sueña; como queriendo entender porqué la piedra cortada a cuchillo, se incrustaba en la hierba agreste de campo abierto.

Aquí la nieve fue la poesía más dulce del invierno, muy lejos de edificios, casas y avenidas. El capricho del clima traía consigo una persecución constante que no ofrecía variables. La secuencia proponía la coreografía de pájaros que seguían su juego de movimientos casi mudos. A este día le llevó dos o tres noches decidirse a existir, pues no quería que el salto se diera sin la ventisca susurrada, ni copos de nieve que cayeran de manera callada. Este paisaje fue sorpresa nívea en la mirada. Y acaso la mayor paradoja de una estación que juega con una intensidad de sensaciones, sólo para ser resguardada en el cofre de las buenas memorias.

 

Últimas Noticias

Últimas Noticias de Informacion General

Últimas Noticias de Edicion Impresa

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...