El Pleuro se había resignado a la compañía de Martelia, que tal era el nombre de la mujer que le había pedido a Blanca que no me contara su historia por temor a leerse en estos Laberintos, pero Blanca, impulsada por su marido, nos la narró bajo mi palabra de que guardaría el secreto, y así lo hice. Tras un noviazgo que ella misma definió como aburrido, terminaron por casarse.

Hay cosas, le dijo, que suceden sólo porque una viene tras la otra, no porque sea su consecuencia. Nos habíamos resignado el uno al otro, él a mis palabras, cada vez más escasas, yo a sus largos silencios. Yo sabía, le dijo Martelia, que si lo nuestro terminaba alguna vez, no sería por decisión de mi marido, que prefería no discutir por no tener que hablar. Por eso me cuidaba, y lo hice bastante bien, pero usted sabe cómo somos las mujeres.

Alguna vez, inevitablemente, estallamos, y creo que el Pleuro me lo agradeció. No fue por nada en particular, no hubo un motivo, pero esas son las causas por las que se dicen las cosas más sinceras, las más sentidas. Atónita ante mí misma, me escuché gritarle que se fuera si quería, que no era necesario que se quedara si no era su voluntad.

Y creo que fue la primera vez que lo vi sonreír desde que, allá en la escuela, comenzó nuestro noviazgo. Fiel a sí mismo, no dijo nada. Juntó unas pocas cosas y se fue a vivir en esa cueva, junto al manantial, donde desde entonces transcurre su vida de ermitaño. A mí me costó rehacer mi vida, dijo, por eso le pido, le rogó a Blanca, que me guarde el secreto.

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