El nuevo mapa: oficialismo por un lado y oposición por el otro

A menos de un año de las elecciones que definirán la futura conformación del Congreso y quizás también a los candidatos presidenciales, el mapa político de la Argentina quedó dividido de la forma en la que más le gusta a Cristina Kirchner: el oficialismo por un lado y la oposición del otro; en la lógica kirchnerista, los buenos por un lado y los malos por el otro. 
Nunca antes desde la asunción de Alberto Fernández se había agigantado tanto la grieta política como la última semana, donde los canales de diálogo entre el Gobierno nacional y sus detractores quedaron gravemente minados ante la atónita mirada de la opinión pública. Esto ocurrió, ni más ni menos, que en el peor momento de la pandemia y en medio de una crisis económica sin precedentes en la Argentina. 
Es evidente que se vienen tiempos en los que la confrontación será cosa de todos los días, aunque lo que se desconoce hasta ahora es cuáles serán las consecuencias del nuevo escenario y cómo repercutirá todo en la estabilidad institucional de la Argentina. 
La decisión del jefe de Estado de quitarle un punto de coparticipación a la Ciudad de Buenos Aires para dárselo a la provincia -que tuvo el sello inocultable de la vicepresidenta y de su hijo Máximo Kirchner-, le resolvió el problema a Axel Kicillof ante la protesta policial, que se extendió por cuatro días y que puso en vilo a buena parte de la sociedad. Sin embargo, la situación amenaza con sentar un peligroso precedente de cara al futuro: ¿quién garantiza que ante una rebelión de docentes, médicos o policías en cualquier provincia no se meterá mano a los recursos de un distrito para parcharlos en el otro? Lo último que le hacía falta al país es agregarle mayor incertidumbre a las economías provinciales, que vieron devastada su recaudación impositiva en el último semestre y que muchas de ellas gracias si pueden garantizar el pago de sueldos a sus propios empleados. Obviamente la situación económica de los porteños es bien distinta que la de los jujeños, salteños o santacruceños, pero en este conflicto lo que faltó fue justamente un debate más amplio que abarque la situación de todas las provincias y sus eventuales desigualdades. 
El apoyo de casi todos los gobernadores peronistas a la maniobra de Alberto tiene más un sentido de alineamiento político que un acuerdo real con la medida, ya que esto abre un debate mucho más profundo que todos los gobiernos vienen evitando: la discusión de una nueva ley de coparticipación federal y, por qué no, una reforma impositiva integral que dote a las provincias de mayor volumen de recursos. Los diecinueve mandatarios que avalaron la solicitada, al igual que los opositores que no lo hicieron, dependen exclusivamente del financiamiento de la Casa Rosada para poder afrontar los gastos corrientes de su gestión, pero por lo bajo al menos uno de esos mandatarios se animó a mostrar sus reparos. “No hay dudas de que la Ciudad de Buenos Aires tiene una riqueza que no se ve en ninguna otra provincia, pero el camino de sacarle fondos por decreto no es el más adecuado para la unidad nacional que necesitamos en el país. Además, en muchos distritos tenemos serios problemas con los sueldos de los médicos y docentes y no hemos recibido semejante cantidad de dinero por parte de la Nación”, señaló un jefe provincial que pidió reserva de su identidad.
Más allá del debate de fondo sobre si es correcto desviar fondos de una provincia a la otra por decreto, el quiebre en el diálogo con la oposición de Juntos por el Cambio se dio sobre todo en las formas del anuncio. Por más que parezca insólito, el jefe de Gobierno porteño se enteró que perdería más de 35 mil millones de pesos un minuto antes del anuncio y por mensaje de texto. Y no sólo eso: los intendentes que asistieron a la Quinta de Olivos lo hicieron sin saber el contenido del anuncio. Ambas situaciones representan un destrato poco comprensible para un Presidente que prometió gobernar sin distinciones políticas, aunque también hay una responsabilidad ineludible de los jefes comunales al prestar su imagen como si fuese un cheque en blanco. 
La Corte Suprema será la que defina si la medida es constitucional o no, pero la unilateralidad de la decisión dejará una marca indeleble en la relación entre el jefe de Gobierno Horacio Rodríguez Larreta y el presidente Alberto Fernández. Ambos, junto al gobernador bonaerense, venían acordando cada quince días las restricciones y aperturas que cada distrito anunciaría para hacerle frente a la pandemia, y en muchos casos tuvieron posturas diferentes que debieron regular para no salirse de una situación de consenso. ¿Seguirá dándose de esa manera el diálogo entre Fernández, Kicillof y Larreta? Lo más probable es que a partir de ahora empiecen a verse posturas más intransigentes de las que aparecieron hasta el momento. 
El anuncio de Alberto descomprimió el conflicto en la Policía bonaerense, rescató a Kicillof de una encerrona sin salida y le dio un duro golpe al presidenciable más competitivo que tiene la oposición para los comicios de 2023. Sin dudas se trató de una jugada política que el Presidente sabía que internamente le convenía mucho: fortaleció el poder territorial de Cristina en Buenos Aires, le dio autoridad política adelante de todos los intendentes y finalmente tomó distancia de Larreta como se lo pedía todo el cristinismo. 
El jefe de Gobierno porteño deberá afrontar ahora el difícil desafío de redistribuir los fondos en su territorio pero todo esto también le abrió una oportunidad: empezar a construir un perfil propio diferenciado del de Mauricio Macri pero también del de Alberto Fernández. Como diría el refrán, no hay mal que por bien no venga.

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