Cosas obvias

Las cosas cambiaron cuando el comisario Pierro tomó la batuta del relato. Es que cada uno tiene su modo de contar las cosas, y así todo parece ser distinto. Pierro empezó por decir que Bautisto Solón era un hombre más bien bajo, de bigotito fino sobre el labio y traje de sastre marrón claro, y nos lo describía en ese punto intermedio que hay entre el identikit y la poesía.

Lo imaginamos llegar, como nos lo relató, a esa seccional pueblerina donde todo es un poco más lento porque la vida corre al ritmo del mundo, no de las ansiedades. Entonces el comisario nos dijo que llegaba para señalar las cosas obvias. Era como si entrara a la cocina y nos dijera que ahí estaba el café, y era justo donde nadie lo había visto y donde estaba.

La sabiduría, agregó entonces, es justamente señalar las cosas obvias. Uno piensa tanto a la vez que mira el entorno que lo rodea, que ese barullo del pensamiento nos impide darnos cuenta de lo que vemos, y entonces fue que don Solón empezó a ayudarnos, primero como si pidiera permiso para opinar pero al fin solicitado por nosotros.

Como aquella vez con el robo del gallinero, un caso que parecía ser menor pero que molestaba porque la dueña era de lo más insistente. Había llegado a la seccional con lo que creía que era el caso resuelto, señalando al culpable y los motivos. Sólo parecía dejarnos la tarea de detener a la sospechosa, y esa insistencia nos puso incómodos.

Bautisto Solón había llegado ese día, no lo conocía de antes y sin que nos diéramos cuenta se sumó a la comitiva.

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