Robo de gallinas

El comisario Pierro nos contaba de cuando conoció a Bautisto Solón, y lo describió de tal modo que lo pudimos imaginar: traje de sastre marrón claro, bigotito fino y metro sesenta de altura. El resto, dados esos datos, podía imaginarse fácilmente, y nos dijo que entró a la seccional y sin que se dieran cuenta los acompañó en su trabajo.

Una mujer denunció el robo de gallinas, pero lo había hecho de tal modo que no les dejaba más tarea que detener a su vecina. La señalaba más que como a una sospechosa, como a una indudable culpable, y hasta aseguraba que era suyo el relleno de las empanadas que vendía en el mercado.

Tal insistencia, nos dijo Pierro, puso de mal humor a los que debíamos ir a resolver el caso. Miramos el suelo con detalle esperando encontrar las huellas de un zorro que la desdijera, pero el suelo del gallinero estaba limpio como paño de billar. Luego buscamos en el cerco para ver por donde había entrado, y la mujer atrás nuestro insistiendo en que no perdamos el tiempo.

Lo último que queríamos era ir a la casa de la vecina sólo para no darle la razón a una mujer tan fastidiosa, pero no había otra pista así que dejé a mis subordinados buscando más pruebas y crucé la chacra sin mayor apuro. Don Solón, silencioso y casi invisible, iba conmigo. Antes de llegar a la otra casa me tendió la mano y se presentó.

Le apreté la palma y me resultó una buena persona. Sonrió con suavidad y regresó a su silencio de segundo plano, dijo Pierro. Entonces nos recibió la acusada,que se limpiaba las manos con un trapo.

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