Sentado en el despacho del comisario Pierro, Bautisto Solón escuchó hablar al campesino que se había acercado porque sus vecinos querían expulsarlo de la tierra que trabajó. Mi nombre es Jaime Amasis, dijo estrujando el sombrero de lana entre las manos y apenas alzando la vista para ver la reacción de su interlocutor.

Cuando llegué, siguió diciendo, el terreno estaba vacío. Apenas si quedaban algunos surcos deshechos como escalones de tierra, y los mismos vecinos que hoy me condenan fueron los que me incentivaron: no lo dude, don Jaime, ¿quién puede decirle nada? Yo dejé pasar unos días establecido en ese rancho abandonado para ver qué sucedía.

Hice lo posible porque todo el pueblo supiera que estaba allí, quería que, de haber alguien que quisiera reclamar por la propiedad, lo hiciera antes de que comenzara a trabajarla. Y si por alguna parte hubo algún dueño, les puedo asegurar que no se interesó por el tema, así que comencé a limpiar el rastrojo y a poner en condiciones la vivienda.

Eso fue para agosto, a más tardar setiembre y puse maíces, limpié una acequia que parecía trancada por años y desalojé un nido de avispas que colgaba del tirante justo encima de donde decidí colocar la mesa de la cocina, invité a los vecinos a un asado tanto como para que me conocieran y hasta pensé en proponerle sirviñaku a una vendedora del mercado.

Nadie se interesaba por ese pedacito de tierra pero no fue lo mismo cuando comenzaron a brotar las chacras, como si aquellas, fruto de mi

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