Jaime Amasis había llegado para agosto, cuando el terreno estaba abandonado y los vecinos lo incentivaron a trabajarlo, pero cuando brotaron las chacras surgieron los problemas que lo llevaron a la seccional, sentarse frente al escritorio del comisario Pierro y confesarle la situación, que escuchaba Bautisto Solón sentado en el sillón.

Hice todo lo que creí que debí hacer, le dijo, y hasta invité a los colindantes a un asado para que me conocieran.

Nadie dijo nada, de todos modos, hasta que mi trabajo empezó a dar su fruto alindando el rancho abandonado y dándole vida a los terrones de tierra dura que transformé en sembrado.

Entonces fue que empezaron a recordar que aquello no era de nadie sino de todos, que bajo aquel molle se concibieron los más de los niños del barrio, que en aquella acequia desaguaban sus machas y que, en más de una tarde de domingo, se juntaban para compartir bajo el techo del rancho deshabitado.

Jaime Amasis les recordó que fueron ellos mismos los que le aconsejaron trabajar ese trozo de tierra, que compartieron su asado cuando su labor comenzaba y quiso congraciarse, y que nadie envidiaba esa tenencia hasta que la vieron florecer, en parte por mérito de la misma tierra que es generosa, pero también por su dedicación y esfuerzo.

Pero no puede decir que esto es suyo, dijo uno con firmeza, si usted no es más que un vagabundo, y la palabra, que de alguna manera podía describirlo, le dolió en los oídos y en el corazón pero ya era tarde para irse, al menos hasta pasada la cosecha.

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