Laberintos Humanos: Tras sus pasos

Don Jaime Amasis le contaba al comisario Pierro que la relación con sus vecinos, que había comenzado por ser buena, se había vuelto tensa. Hacía unos meses llegó a ese terreno abandonado que nadie señalaba como propio, lo trabajó con esfuerzo y al fin, cuando empezaba a dar sus frutos, le recordaron la utilidad. Los vecinos decían que la sombra de ese molle oficiaba de la Villa Cariño de los alrededores, que solían juntarse para beber bajo el techo del rancho abandonado y orinar en esa acequia, entonces tapada, lo que convertía esa chacra en propiedad de todos, no suya, así como tantas plantas que se alzaban prometiendo sus maíces para las Navidad y para el Carnaval.

Entonces fue que le dijeron las palabras más duras: que sólo era un vagabundo y que no tenía derecho a quedarse allí. El comisario encendió un cigarrillo, pensó más las palabras que aquello que le quería decir y le informó que, pese a que todo hombre tenga el derecho de gozar del fruto de su trabajo, nada podía reclamar de ese rastrojo sin ningún papel que lo avale.

Don Jaime se puso en la cabeza el sombrero de lana que estrujaba entre sus manos, se levantó y saludó con respeto para irse, pero Bautisto Solón fue tras sus pasos para darle alcance ya junto a esa chacra verde que había trabajado en los últimos meses. Se le acercó con la humildad que lo caracterizaba y le preguntó si podía darle un consejo. Vea, le sugirió, alce una capilla bajo ese molle, consígase una imagen para adorar pero hágalo todo en una noche. Yo me encargo del resto.

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