A pocos metros


Cuando el padrecito vio la piedra a pocos metros, se sentó para tomar el agua que llevaba y le pareció ver que sucedía en el reflejo algo que no alcanzaba a comprender. Recordarán que esa piedra reflejaba las cosas que les sucederán a las personas, y que salvo en las dos últimas historias que escuchó ya de camino, el resto hubiera sido preferible que no lo viera.
El futuro está siempre, nos dijo el padrecito, amenazando con convertirse en presente. Y esa amenaza parece ser lo que le da sentido a la vida, agregó para guardar silencio.

¿Y qué es lo que usted vio en ella?, quiso saber el comisario Pierro. No me le acerqué, dijo el padrecito. Y estoy seguro que, de haberla visto, me hubiera visto allí, cerca de la piedra sin mirarla, yéndome y dejando que el futuro se me apareciera cuando llegara la hora.


¿Se aguantó las ganas de saberlo?, preguntó Aurelia sorprendida y el padrecito asintió con la cabeza. Luego dijo que en realidad lo sabía: mi futuro era no mirar la piedra porque espero que el destino me alcance en su momento. ¿Acaso no nos alcanza con el presente?, preguntó y alzó la taza de café para beber un trago.


¿Y para qué fue hasta allí, entonces?, lo inquirió Pierre Donadou Quispe y el padrecito alzó los hombros y las cejas. Quién sabe, agregó. Capaz que mi destino fuera acercarme hasta la piedra que nos predice el futuro, y quedarme sentado cerca sólo para estar allí. Siempre el futuro está, de todos modos. Si, dijo Solón, pero son pocos los que resisten la tentación de conocerlo antes de tiempo.

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