Clásica sonrisa

No terminaba de contar el padrecito la historia de la piedra anunciadora, cuando sonó el celular de Pierre Donadou Quispe, nos pidió disculpas y se marchó rápido. Habrán notado que no fue una buena noticia, nos dijo Bautisto Solón mientras Blanca y Aurelia salían a dar un paseo. Si fuera por alguno de sus romances, hubiera puesto su clásica sonrisa.

Solón siguió diciendo que cuando Pierre Donadou recibe la llamada de una dama, hay un cierto brillo en los ojos y, sobre todo, una de esas sonrisas con las que lo pone en evidencia. El padrecito sostuvo que hay muchos que disfrutan de alardear de sus conquistas y el comisario Pierro concordó con que era cierto, a ese hombre le había pasado algo malo.

No íbamos a seguirlo pero nos preocupamos. Cuando pasaron dos o tres días de su ausencia, decidimos que era mejor hacerle una visita. Iríamos yo, que andaba necesitando una nueva historia para estos Laberintos, y el padrecito, cuyo oficio lo habilita a andar hurgando, y así llegamos al cuarto de pensión que alquilaba.

Ya en la puerta, la casera nos advirtió que no estaba solo, cosa que parecía desmentir nuestras elucubraciones, pero en cuanto nos abrió, nos asombró su aspecto. No podríamos decir cual, pero tenía toda la pinta de ser una de esas actrices que enloquecían a la platea allá por los años sesenta, principios de los setenta acaso.

Era despampanante, pero del tipo de despampamancia que ya no estaba de moda tanto como los nombres de Sofía Loren y Brigit Bardot no les dicen nada a nuestros lectores más jóvenes.

     

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