Cuarto de pensión

Cuando llamamos a la puerta del cuarto de pensión que ocupaba Pierre Donadou Quispe, nos atendió una dama esbelta, apenas vestida con unas medias caladas, negras, y un desabillé que pudo haber estado de moda medio siglo atrás. Nos miramos asombrados con el padrecito, y aceptamos su invitación a pasar.

No estábamos muy al tanto de las modas eróticas, que cada tanto se repiten, pero no era su atuendo sino que todo su aspecto, su forma de fumar, de mirar, de sonreír con cadencia de deseo, de moverse por el cuarto. Eran algo deliberadamente viejo, como esas películas tan teatrales en las que el ritmo parece detenido.

Desentonaba no sólo con la década sino con el ambiente, porque el cuarto que alquilaba Pierre Donadou Quispe era de esos clásicos yapados que se les hace a las construcciones para sumarles una renta más. La ventana daba a un patio interno, la puerta se chocaba con los pies de la cama y una mesa breve sostenía todo lo que no tendría en bolsas debajo del catre.

Sin embargo, la dama se movía con paso señorial estudiando detenidamente nuestros movimientos, sin mirarnos nunca de frente. A la vez, claro está, que nosotros la estudiábamos a ella, recordando las fantasías que pudimos haber tenido en la infancia, cuando actrices como ella estaban en lo alto de la moda.

Hace años que no nos vemos, nos dijo Pierre Donadou, la última vez fue en Roma y yo era muy joven, aclaró para que vayamos entrando en el tema. Capaz que la recuerden de alguna película, nos dijo y se dejó caer sentado en el colchón.
 

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