La guerra de las vacunas  contra el coronavirus

Por Mónica Gutiérrez- periodista 

La última semana del primer mes del año nos deja chapaleando en la incertidumbre. Si alguien esperaba un 2021 más ordenado y previsible tendrá que recalcular.

Ya nadie habla de la "nueva normalidad". Nada de lo que viene por delante parece conocerse a ciencia cierta. No hay lugar para esperanza alguna. No hay calendario ni agenda a la cual atenerse. Todo es un dramático día a día.

La ilusión plantada sobre los últimos meses de 2020, en los que se nos decía que la inminente aprobación de las vacunas nos conduciría a una paulatina recuperación de la vida tal cual la conocimos, se diluyó en cuestión de días.

La aparición y avance de las nuevas variantes del coronavirus, todas ellas exponencialmente más contagiosas, produjo un demoledor shock en las expectativas. No solo obligó a intempestivos cierres de fronteras internacionales sino que precipitó la decisión política de reconfinar a millones de personas.

Boris Johnson encabeza el discurso de alarma. El Premier Británico no solo alertó acerca de la velocidad con la que avance el Covid en su nueva versión sino que arriesgó su hipótesis de que la nueva cepa es definitivamente más agresiva y letal.

Sobre el fin de semana escaló la guerra de las vacunas.

La Unión Europea está en pie de guerra e interpela a los laboratorios farmaceúticos por las demoras y supuestas maniobras manipulativas en el suministro de las dosis contractualmente acordadas. En la mira el gigante AstraZeneca. En orden a meter presión sobre la compañía frente a su declarada decisión de reducir el suministro la Unión Europea publicó parte del contrato que los obliga.

El acuerdo suponía la entrega de 300.000 millones de dosis con la opción de 100 millones más. Algo que el gigante farmacéutico está lejos de poder garantizar.

En este contexto de falta de certezas y devastación, nuestros desvelos son tan penosos como acotados.

Por el momento solo disponemos de la magra y discontinua provisión de la Sputnik V. Lo nuestro es de pesadilla.

La tercera misión aérea a Moscú, una secuencia presentada con connotaciones épicas, regresó con algo menos de la tercera parte del cargamento que puede transportar el vuelo en cuestión y millones menos de dosis de las anunciadas entre villancicos navideños por nuestro Presidente. Otra vez nos estrellamos contra la cruda realidad.

Las vacunas prometidas por Putin no estarían llegando en tiempo y forma. La entrega es con cuentagotas. Nadie explica con claridad en qué situación quedan los que recibieron una primera dosis. Lo único cierto es que habitan en un limbo inmunológico hasta nuevo aviso.

El revuelo que se armó tras las declaraciones de Carla Vizzotti cuando dejó entrever que se pensaba solo vacunar con una sola dosis para llegar a más personas, cobra un dramático sentido cuando se sabe que a fines de enero la cantidad de argentinos que accedieron a la segunda aplicación y están en vías de estar inmunes es absolutamente ínfimo.

Sin avances conocidos en la trabada negociación con la vacuna de Pfizer-Biontech y con los crecientes contratiempos que enfrenta Oxford-AstraZeneca, en cuyos insumos está trabajando el laboratorio mAbxience de Hugo Sigman, solo cabe esperar que Astrazeneca cumpla con el anuncio hecho en la mitad de enero de tener disponible 22,4 millones de dosis para Argentina en el primer semestre. El compromiso para con la región es de 150 millones de dosis y de 3 mil millones a nivel global.

A la partida del proyecto Covaxcon 9 millones de vacunas en carpeta para nuestro país le comprenden las generales de la ley. La alianza público-privada que lidera la Organización Mundial de la Salud se nutre de una canasta de vacunas pero de las 145 millones de dosis previstas a nivel global en el primer trimestre de 2021, la casi totalidad es de la fórmula de AstraZeneca.

El apremio por vacunar no solo tiene que ver con salvar vidas sino también con sostener la economía global. Está claro que sin vacunas no hay futuro.

El temor ya no tiene que ver con una segunda ola sino con las mutaciones que acechan a nivel global. Mucho más allá de la letalidad de los linajes que ya circulan, el hecho de que sean entre un 50 y un 70% más contagiosos no solo asegura que más gente morirá sino que con más gente enferma y fuera temporalmente del mercado de trabajo los procesos de producción se complicaran al extremo.

Nadie sabe hoy cómo será febrero. Nada que se diga, haga o anuncie ofrece garantías de que vaya a cumplirse o sostenerse. Estamos a merced de una pandemia que parece haber llegado para quedarse.

Lo que está pasando en el mundo puede permitirnos adelantar algunos escenarios no exentos de dramatismo. Un momento demasiado delicado para que nuestros dirigentes se pongan a jugar con lanzallamas. Un poco de pudor y piedad para con quienes están pasándola definitivamente mal es la demanda de la hora.

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