Una de cal y otra de arena en una semana caliente

El Gobierno nacional tiene la extraña habilidad de producir un hecho político de mucha repercusión en la opinión pública y 24 horas después generar un clima de tensión inesperado, que empaña parcialmente los beneficios electorales de esa medida. Esta vez fue el caso del proyecto de Sergio Massa para elevar a más de 150 mil pesos el mínimo de Ganancias, una iniciativa que le da mucho aire a la clase media, que alivia la presión de los trabajadores hacia los gremios y que, al menos en parte, viene a ratificar algo que parece obvio: el salario no es Ganancia. Se trata de un tema que estuvo en debate durante toda la gestión de Cristina Kirchner y también de Mauricio Macri, pero que ninguno lo había podido resolver de forma efectiva. Clin caja para Alberto Fernández, justo en el inicio de la campaña electoral de cara a los comicios de medio término. 
Inexplicablemente, al día siguiente salió la vicejefa de Gabinete Cecilia Todesca a advertir que no se descartaba otra suba en las retenciones agropecuarias, provocando una fuerte reacción de la Mesa de Enlace, que llegó hasta amenazar con un paro de comercialización. Hasta el jueves, que se confirmó que no habrá aumento de impuestos al campo ni tampoco cupos para exportar, ese tema acaparó buena parte de la agenda mediática y política del país, dejando al anuncio de Ganancias en un curioso segundo plano y al Gobierno coqueteando con una eventual revuelta en las rutas como en 2008.
¿Era necesario salir a confrontar a un sector sumamente dinámico de la economía cuando todavía se estaba recogiendo el rédito político de la medida anterior? La respuesta es evidente: en la Casa Rosada no calcularon los efectos inmediatos que producirían esas declaraciones en los medios, pese a que el propio Presidente se sumó a la advertencia horas después. Allí también se puso en juego la credibilidad de la palabra presidencial, ya que en menos de cuatro días desestimó sus propias aseveraciones tras lograr un frágil acuerdo con el campo. Las idas y vueltas ya son moneda corriente en el Gobierno: pasó con Vicentin, con el cierre de las exportaciones de maíz y ahora con las retenciones a la soja. 
Altas fuentes de la Casa Rosada afirmaron ayer a El Tribuno que “el Presidente no puede mirar para el costado mientras aumentan irracionalmente todos los alimentos. Había que dar una señal al electorado de que no nos quedamos con los brazos cruzados ante eso”. De alguna manera se infiere que Alberto Fernández no quiso quedar como el paladín de la clase media mientras las clases más postergadas ni siquiera logran llenar un carrito en el supermercado por la exageración en los precios. Cerca del jefe de Estado se montó una operación para instalar que subiendo las retenciones podrían bajar los alimentos en el mercado local, cosa que está totalmente probada que no ocurre en la práctica. ¿Pasó por la cabeza de Alberto financiar los 40 mil millones de pesos que costará la suba del mínimo de Ganancias con un aumento en los impuestos agropecuarios? Nadie lo afirmó en público, pero habría sido una de las ideas que aportó el equipo económico en los días previos al anuncio y que no había caído mal, sobre todo, en los sectores más radicalizados del oficialismo. 
Por lo bajo, varios dirigentes cristinistas deslizaron una cierta desazón por no haber avanzado más contra la Mesa de Enlace, y eso quedó expuesto públicamente cuando muchos periodistas afines al Gobierno salieron a cuestionarlo. Esa permanente tensión entre radicalizar la gestión o moderarla sigue intacta dentro del oficialismo. 
Por ese motivo, llamó poderosamente la atención que el ministro de Economía Martín Guzmán haya sido aplaudido por treinta empresarios luego de una reunión. Según lo que pudo reconstruir El Tribuno de ese encuentro, lo que resaltaron los hombres de negocios fueron las palabras del funcionario en torno al incremento de la inflación, donde no responsabilizó a los empresarios como los formadores de precios sino que reconoció desajustes estructurales que incentivan las remarcaciones generalizadas. 
Si no saldrán del campo ni de un nuevo impuesto, que afectaría la competitividad electoral en medio de la campaña, ¿cómo se financiará el costo de la fuerte reducción de recaudación que habrá por los cambios en Ganancias? De dos formas: más emisión monetaria y más ingresos fiscales vía inflación. si se proyecta el cuatro por ciento que hubo en enero a todo el año, la suba de precios promediaría un sesenta por ciento, poco menos del doble que la del año anterior. “Estamos seguros que la inflación se va a ir moderando a medida que se vea el impacto del acuerdo por los precios bajos de la carne y también por las negociaciones entre gremios y empresarios para alinear precios y paritarias”, aseguró ayer a este diario un alto colaborador del jefe de Estado.

La pandemia

En medio de todos los problemas económicos que padece la Argentina, la campaña de vacunación viene a paso muy lento, lo que demora los plazos de recuperación de la actividad y aumenta la incertidumbre sobre eventuales nuevas restricciones si se profundizan los contagios y las muertes por Covid-19. Anteayer llegaron otras 400 mil dosis de Sputnik V, totalizando un millón doscientos mil las que arribaron hasta la fecha. El número, que obviamente está a años luz de lo prometido inicialmente, también está por debajo de un país mucho más pequeño como Chile, que en las próximas horas estaría llegando a inocular a unas dos millones de personas. 
Desde el Ministerio de Salud argentino confían en que las próximas semanas se normalice el abastecimiento de las vacunas que vienen de Rusia y que comienzan a arribar desde la India casi 600 mil dosis de Oxford y AstraZeneca. 

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