La tamalera

La Teresa Mingui, con su canasta de tamales colgando del brazo, entró al despacho del comisario Pierro para informarle lo que había averiguado porque, pese a su timidez, había logrado intimar con ese periodista gringo. Vea, don Pierro, le dijo, el nombre del tipo no es YerrySigal, como dice llamarse, sino Clarquén.

Así dice llamarse, dijo Pierro y ella lo corrigió asegurando que dice llamarse Yerry. Lo sé, dijo el comisario pensando en el asunto, pero tampoco voy a creer que se llama Clark. ¿Qué más le dijo?, quiso saber y ella le respondió que le dijo que tenía ojos muy bonitos. No me refiero a eso, que es asunto suyo, opinó adelantándose sobre el escritorio.

También me dijo que en Metrópolis, donde vive, mis tamales serían todo un éxito, agregó Teresa mirándolo a los ojos para saber si se refería a eso. Bien, pero, ¿y qué más?, le preguntó y la tamalera le confesó que alardeaba de cosas que, tal vez, sean muy íntimas. ¿Cómo qué? Como que puede parar un tren con las manos o saltar sobre un edificio, dijo Teresa con precaución.

Pierro se echó para atrás en su sillón y encendió un cigarrillo. Así que con que esas tenemos, dijo y ella, con una sonrisa en los labios, le confesó que muchos dicen lo mismo pero después no son gran cosa. Ese periodista dice que cuando quiere es Superman, pero yo no soy tan tonta como para creerle.

A esa altura del relato, Pierro nos dijo que ya pensaba en otra cosa, no en sus palabras sino en que al otro día, en Sábado de Carnaval, se develaría el misterio. Y así fue, concluyó.

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