Clark Kent

Cuando las bombas empezaron a convocar a los alegres, Pierro, que estaba parapetado a un costado del puente, vio pasar a Teresa Mingui del brazo de ese supuesto Clark Kent. Se subió la solapa, los siguió tras unos metros y se desvivía por escuchar lo que conversaban.

Como sea, llegaron al mojón. Teresa parecía explicarle todo al gringo, y en una de esas vio que le ofrecían saratoga. Entonces vio que empezaban a reír, y más seguro de que no lo descubrieran, se paró del lado del río. Los estudiaba con detenimiento. ¿Por qué ese hombre se hacía pasar por el alter ego de Superman?

Todo era un gran misterio. Vio que el gringo miraba con detenimiento el modo en que chayaban, la colocación ornamental de las chacras, y lo vio atender al delicado desafinado de los vientos. Apuntaba cada detalle en su libreta como si debiera rendir cuentas, luego, de una crónica sudamericana.

Finalmente presentaron la bandera de ese año, de colores chillones tirando al naranja y al amarillo, y entre el papel picado vio como el presidente de la comparsa sacaba al Diablito, que alzaba victorioso frente a la gente reunida y eufórica. Entonces volvió a buscarlo con la mirada, pero el periodista ya no estaba junto a la Teresa.

¿Dónde se habría metido? Vaya a saberse, porque entonces aparecieron los disfrazados y todo fue el barullo propio del Carnaval que comienza para transitar pronto las calles del pueblo con su alegría desbordada. Entonces fue que descubrió a ese personaje saltando entre los alegres, queriendo apoderarse del Diablito.

 

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